Lucerna – Basilea

Etapa de 114 kilómetros en 5h20, relativamente plana, solo 1100 metros de elevación, sin embargo, me dio duuuro!

Por alguna razón, la salida de Lucerna fue bastante dura. Como dicen los ciclistas, no tenía piernas! La salida de la ciudad incluía subir un cerro para nada especial, pero a duras penas lo podía subir. De allí el camino se adentró por un bosque para terminar en una zona rural del cantón de lucerna donde me empecé a preguntar porqué diablos estaba haciendo esa ruta. Por puro orgullo continué con el camino que me llevó hacia unos lagos (que no son famosos) llamados Baldeggersee y Hallwilersee. Las panorámicas en este lugar eran especiales. Fue al borde de uno de estos donde me detuve a almorzar y a preguntarme donde había una estación de tren para terminar con el suplicio; de verdad que ya estaba cansado! La ciudad escogida para abortar el paseo fue Lenzburg, a las orillas del Aar, el río de los crucigramas, en el cantón de Aargau. Por alguna razón, una vez llegado a esta ciudad, noté que apenas era medio día. Había cruzado las llanuras entre los Alpes y Jura bastante rápido, por eso, a pesar de mis dolencias, decidí continuar hacia Bad Säckingen en Alemania y de allí tomar el tren si me encontraba todavía en mal estado. Este pedazo fue un horror: tuve que subir un cerro del Jura y de verdad que me dio durísimo (la bicicleta no tenía – ni tiene – relaciones cortas). Fue desde arriba que pude ver a Bad Säckingen y en un abrir y cerrar de ojos me encontré en Rheinfelden, solo a 20 kilómetros de Basilea! Para acortar el camino, me metí por Alemania (15km en vez de 20km) y a las 3 de la tarde a la casa llegué. Muerto, pero llegué.

Bosque a la salida de Lucerna
El Baldeggersee
El Aare en alemán o Aar en el francés y crucigramas
Típicas fuentes suizas con agua potable
El cantón de Basel Land
Rheinfelden
Wyhlen, Alemania
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Bellinzona – Hospental

​Ha pasado bastante tiempo desde que este blog, el del motoneto, ahora sin moto, publica algún viaje. La idea es desatrasarnos de muchos paseos para poder enfrentarnos al que viene: el camino de Santiago (a pie). Por eso, a modo de practica, publicare viajes desde el verano pasado y esta primavera, para poder acostumbrar las manos al mini teclado con que esto escribo para poder así, día a día, publicar las exitantes historias que le pueden suceder a una persona caminando todo el día por un camino desolado, todo, desde un celular.

Cómo ya ven, si el futuro es a pie, pues el pasado es en bicicleta. Asi pues, sin más ni más, Bellinzona – Hospental pasando por San Gottardo.

Bellinzona queda en el Ticino, el cantón suizo que habla italiano. Queda un poquito más arriba de Lugano y es el sitio donde empiezo el viaje por la siguiente razón: es más barato!

La bicicleta, una Raul Mesa de los años de upa, siendo upa algo así como 1990, ha llegado a estas tierras para hacer su primer viaje en tren, Basilea – Bellinzona. El único aditamento especíal que le compré fue una parrillita para amarrarle la mochila, y, el único cariñito que recibió fue un poco de grasa en la cadena; hasta ahi llegó mi proactividad mecánica.

La bici

Por cuestiones presupuestarias amanecí en un Youth Hostel que a su vez era un colegio, dejándo como único recuerdo, yo, caminando en toalla después de bañarme, por un corredor lleno de niños en recreo.

Una vez afuera y la mochila amarrada en la bicileta, crucé la ciudad tan italaliana como las italianas y por un vallecito comencé a subir. El camino no fue por la carretera principal, no , no, no; acá las bicicletas tienen su carril específico que ha veces coincide con la carretera (el ciclista tiene la prioridad)  pero muchas veces las ciclovías van por otro lado: entre bosques o al lado de rios cuando son bonitas, o, por detás de las industrias o carrileras cuando son feas. Digamos que la subida hacia el paso de San Gotardo clasifica entre las bonitas.

Los primeros treinta kilómetros fueron relativamente planos, solo ascendí 300 metros. Una vez pasé un pueblo llamado Giornico, el valle del Ticino subió unos 1000 metros hasta Airolo, unos 32 kilómetros más lejano.  Airolo es la famosa entrada del túnel de San Gottardo (el que pasa los Alpes por debajo – raro un túnel que lo haga por arriba!), en fin, en este pueblo, me comí de almuerzo un paquetico de galletas y pasado el suculento manjar, tomé este pueblo como el punto donde comienzaba la diversión: la subida al paso de San Gottardo!

Airolo – San Gottardo

Son unos 12 km donde se suben otros 1000 metros pero con dificultad añadida: pavée! El problema es que uno ya está cansado; lleva 62km y unos 1300 metros encima, pero como la vista era lindísima y el pico aún tenía nieve y el estómago tenía unas galleticas, pues venga, para arriba nos fuimos.

El camino viejo

Una vez arriba, al lado de un lago, vecino a un hotel, el único, me comí un curri wurst y listo! Arriba hacía un frio tremendo, me tocó ponerme guantes, bufanda y la chaqueta para la lluvia. La señora que me vendió la salchicha ya habla con su marido en alemán, no siendo más, paleteado por el frío, me monté en la biclicleta y por una bajada lo más de sabroza, me fui hasta llegar a Hospental, un pueblo de 10 casas donde me quedé a dormir.

Helado
Hospental

El resumen del camino fue de 86km, 2500m de ascenso en unas 5:30 hoas (7 contando paradas). Vale la pena notar que el mítico paso de San Gottardo es menos duro que el paramo de letras! Eso sí, tiene pavée.

Karatu

El aeropuerto de Karatu

Karatu es un pueblito polvoroso que queda justo entre el lago Manyara y el cráter del Ngorongoro, la entrada a la famosísima sabana del serengueti: la de todos los documentales que no ha sido filmados en el delta del Okabango. Visto en el mapa, Karatu ofrece la mejor ubicación del mundo; el problema es llegar, aunque en esta entrada evitaremos hablar de eso. Solo agregaré a esta introducción pueblerina qué, Arashu, al este, una ciudad caótica y poco recomendada, lejos de las atracciones que veníamos a ver, resultó ser la que tenía toda la infraestructura y facilidades para hacer los tours. Muy tarde venimos a saber esto; ya estábamos en Karatu y no había posibilidad de reversa.

Calle principal

Correo

Calles del pueblo

Sin siquiera poder encontrar como ir a ver las hienas, leones y demás animales a un precio medianamente pagable, nos buscamos como entretenernos en este pueblo. Encontramos un tour en bicicleta de montaña que pasaba por las colinas aledañas. La primera impresión fue de duda, las segunda, asombro, la tercera se podrá describir como un, “no jodás!” y la cuarta, prisa.

Nuestro primer contacto del tour fue con nuestro guía experto que… tenía el casco al revés!

¿Será que si llegaremos a algún Pereira con este maestro? Pues no, llegamos a un cafetal donde nos mostraron el modo más rústico posible de selección, despulpe y tostado. Informado el guía que con café no iba a impresionar a nadie, la familia de la casa nos sacó un café que nos vimos obligados a comprar (ya lo probamos y es malísimo).

Tostadora

Despulpadora

El siguiente paso fue 50 metros más lejos en un taller de escultura en ébano. De ahí salimos con una esculturita y un poco asombrados si nuestro paseo deportivo iba a ser más bien un zigzag donde todo el mundo nos iba a ofrecer cosas o ponernos en situaciones donde no nos podríamos salir sin dejar nuestro dinero ahí.

Yo tallando ébano

Pues bien, salimos de ahí y llegamos a una escuela un kilómetro más lejos. Sin mucho preámbulo nos metieron a un salón de clase lleno de niños y sin más nos empezaron a contar sus sueños y a preguntarnos cosas sobre nuestros países. Vale la pena acotar que el motoneto aborrece todo humanoide que posea en su haber menos de 15 abriles. Confieso esto para ambientarles mi buen humor y confort con la situación.

En fin, el proceso aconteció sin contratiempos, tal como lo tenían planeado y, cuando ya me estaba emocionando porque se había acabado, nos esperaron afuera para una sesión de canto y baile. Cinco minutos después heme ahí, en medio de niños forzado a bailar con ellos.

Cuando por fin terminaron y pensamos: – ¡somos libres! –, nos invitaron a una oficina donde después de explicarnos el funcionamiento de la escuela – del cual no estábamos interesados –, palabras más palabras menos, nos pidieron plata.

Logramos salir de la situación sin dar un centavo. El guía experto, ahora con el casco al derecho, fue comunicado de nuestro deseo de acabar con el paseo ciclístico una vez nos narró cual era la siguiente parada (un mercado local – ahí fijo nos desplumaban). El camino a Karatu nos llevó a una ¿ladrillera? como última parada turística.

Ya en nuestra posada pude comprobar que nuestro paseo de 20 kilómetros, bien medidos por Strava no pasaban de 6 y, allí mismo pude comprobar que no solo era un paseo deportivo, sino también cultural. Húyanle al paseo cultural en Tanzania: consiste en ser puesto en situaciones incómodas para poder vaciar la billetera. Cómo podrán darse cuenta, el paseo no gustó. Todas las esperanzas quedaron puestas en los leoncitos, cebras y hienas que para el momento no estaban para nada seguras.