Siracusa

Siracusa es una ciudad viejísima; de los verdaderos años de upa. La ciudad era importante desde los tiempos griegos. Este es un dato importante sobre una ciudad, visitada hace muchísimos años, que, al igual que en ese entonces, las pruebas fotográficas se hicieron notar por su ausencia. Si en la entrada anterior dije que había borrado las fotos de Sicilia por accidente de la cámara, entre ese post y este me han comunicado que no fue así, no pude haber borrado las fotos de la cámara por accidente porque no la llevé; es decir, las tres tristes fotos que quedaron de mi celular fueron de verdad las pocas imágenes que tomé de la linda isla y ente caso, la vieja e importante ciudad. Pero, haciendo honor a la verdad, aquí la ciudad poco importa para este relato. Vengo aquí para hablarles sobre un risotto, un risotto tan rico que me lo comí arrocito por arrocito hasta que no encontrando más en el plato, me tocó aceptar la triste realidad de ese día, el plato más rico comido en mi vida se había acabado.
Les cuento de entrada que no le tomé ninguna foto al risotto del que hablo porque normalmente no le tomo fotos a la comida, no tengo cuenta de instagram y este es un blog de viajes, no de almuerzos; a nadie le interesa saber que como, a menos que sea el risotto más rico de mi vida y yo me tome el esfuerzo de escribir algo sobre él, cosa que sucede en este caso, entonces a todos ustedes les tiene que interesar. El risotto alla marinara era caro, pequeño y, donde me lo comí, quedaba en una esquina en el lado de la peninsula donde no había ningún restaurante, aparte de este – eso lo vinimos a descubrir una vez llegamos al otro lado donde habían mil terrazas y comederos – en fin, la plaza de este restaurante constaba de un parqueadero de cuatro plazas con cinco carros, todos muy bien parqueados para impedir la vista del mar. Entre los carros y el restaurante había una terraza con cinco o seis mesas y la única libre estaba al lado de una rejilla que, si cesaba el viento, olía a alcantarilla (con pescado).
Al lado nuestro, un grupo de italianos se comían unos postres (después de haber pasado por el antipasti, primo y secondo), postres muy decorados de tamaño minúsculo y precio mayúsculo que debían saber muy bueno porque todos los de la mesa comentaban sobre ellos haciendo caras muy elocuentes sobre los efectos positivos de su sabor. Yo en cambio, miraba lo pequeñitos que eran y me imaginaba el tamaño del risotto que había pedido: tenía mucha hambre y no tenía ganas de recibir una bolita de arroz metida en un plato gigantesco con delicados dibujitos de salsa que tanto gustan en los restaurantes fusión y tanto odian los comensales con hambre. Eso recibí!
La cara de tristeza y hambre la debió haber visto la terraza entera; lo que los testigos no veían era el tren de pensamientos que surcaban mi cerebro… en un vagón de ese tren llego una pieza de información sobre nutrición, que decía más o menos así: si uno mastica 20 veces un bocado, al final se sentirá satisfecho con menos comida. Masticar 20 veces me es imposible, ni siquiera una carne quemada se mastica tantas veces, así que me dije, pues me como arrocito por arrocito y así, de pronto, engaño el estómago y me lleno! Eso hice!
Con lo que no contaba era que este era el risotto más bueno jamás cocinado y fue comido grano por grano, no para engañar al estomago sino con la intención de que durara lo más posible. Al final mirando con terror el plato casi vacío, me comí los últimos granos y de pronto me vi satisfecho y feliz: – Venga! quizás la teoría de las mil masticadas tenga algo de razón. La próxima vez que haga una dieta, me como en todas las comidas un poquito de cuscús grano por grano y verán lo feliz y lleno que seré!

La ciudad nueva (que parece vieja)

Ruinas griegas

Callejuelas de siracusa

Aviso para los incivilizados

Siracusa, el lado sin restaurantes

El lado sin restaurantes visto desde la punta

El lado con restaurantes