El cráter de Ngorongoro

Cómo en las últimas entradas no conté nada útil para un lector, en este, a modo de resumen pictográfico, explicare en que consiste un safari.

De entrada empezamos con el dato curioso: safari en swahili significa viaje. Nada más. Así pues, para hacer un viaje en África, lo primero que se necesita es un Land Rover – o una Toyota si vamos al caso –, esto porque los viajes deben hacerse por tierra, las vías son malas y lo más importante: ¡cómo difícil ver a un león o a un pequeño jabalí desde una avioneta!

En fin, el turista se mete en el Land Rover , y está todo el día en una trocha mirando animales en alguna reserva natural. El paseo en sí, no es idílico como la entonación de su nombre a veces emula; es más bien monótono, incómodo y cansador.

Land Rover marca Toyota donde se pasa el día entero

Cada parque tiene su animal famoso, un león muy grande, como el que mató el gringo en Zimbabue, un último espécimen de su especie (un oso polar lampiño o que sé yo) ó, como en el caso del Ngorongoro, el parque que nos compete, el animal más importante era el rinoceronte negro.

Quedan más bien poquitos, tan pocos que todos están registrados; cada uno posee su rastreador satelital, y, todos los existentes en el planeta tierra caben tabulados en un archivo de excel con máximo 500 celdas.

No lo predijo Darwin, ni fue un propósito explícito de la pacha mama pero, al parecer, el único motivo por el cual este animal pudo transmitir su código genético de generación en generación, fue la posibilidad de qué, cuando existiesen humanos, a estos se les parase la verga con su divina sangre. Aclaro que la sangre de los humanos si es la que iza las vergas cuando por sus vasos transita, pero solo lo hace después de la ingesta de la del rinoceronte negro. Mejor dicho, el pobre animal fue catalogado como afrodisiacos y ese fue el acabose en su carrera evolutiva. No fueron los gringos ni los ingleses deseando una cabeza suya para decorar nobles salones, no señores, fueron los africanos cachondos los que acabaron con ellos, (y los árabes, a los que les gustaban las empuñaduras de sus dagas hechas con el cuerno del rinoceronte).

El rinoceronte negro

Volvemos entonces al Ngorongoro y su rinoceronte negro. Pues bien, cómo cada parque tiene su animal famoso y el del Ngorongoro es el rinoceronte y, de estos hay más bien pocos, el primer objetivo del guía experto y al mismo tiempo conductor del Land Rover, es encontrar a este animal (así los turistas solo quieran ver a los leones, o en el caso mío, las hienas). Entonces, en el primer mirador, donde se ve el cráter en toda su extensión, el guía muy contento nos señala un punto (un punto negro en nuestros ojos, un pixel en la cámara) y afirma orgulloso: – Ese es un rinoceronte negro; es bien posible que sea el único que vean en su vida.

¡Ahí está!

Es el pixel más negro

Pasada la emoción de ver una diminuta mancha negra en el horizonte y asumir que ese punto es uno entre… <–– esperen yo googleo ––> …40 animales que quedan en la reserva, incluyendo al Serengueti, ¡la sabana de todos los documentales! Nos montamos en el carro bajamos al cráter, vemos los leones, a Pumba y su familia, cebras, elefantes, mis hienas, hipopotamos, gacelas, en fin, un poco de todo. (ver fotos al final del post)

De pronto… nuestro Land Rover sale a mil por la trocha. Es de notar que todos los guías se conocen y continuamente se comunican por radio contándose donde están los animales que ellos saben los turistas quieren ver más (leones; o algún león comiéndose una cebra; o algún león comiéndose a su novia; o león hacien… en fin, leones ). Los guías son de Tanzania, y lo único que quieren de los turistas es una jugosa propina en dólares. La forma más fácil de obtenerla es que su turista llene la memoria de su cámara con fotos de los leones y cualquier otro animal que esté en el parque. En fin, por radio le informar que hay un rinoceronte, nuestro Land Rover (como lo ven en las fotos es un Toyota pero yo sigo diciendo Land Rover… vaya uno a saber por qué) sale disparado por el Ngorongoro.

Carrera contrareloj

En el horizonte se ve la polvareda que levantan mucho más Land Rovers dirigiéndose al mismo punto. Los guardianes del parque bloquean la carretera y pum! Cómo por arte de magia, cien carros se compactan entre si, con turistas cada cual con una cámara más grande que la otra, todos dirigiendo su mirada a un punto negro en el horizonte. Al lado hay unas hienas y unas cebras que son golpeadas con el látigo… ¡cual látigo! ¡los látigos de la indiferencia! ¡porque son muchas las personas que ignoran a estos animales pavoneándose al frente de los lentes, los cuales no obturan en ellos su diafragma ni una sola vez! Todo está dirigido a este punto negro, que según dicen viene hacia acá.

Embotellamiento safarístico

Selfie a la espera del punto negro

El punto negro

El punto se acerca lentísimo. Aparece en el horizonte un rinoceronte reconocible. ¡Hasta tiene cuerno! Eso se ve una vez tomada la foto y revisarla con muy buen zoom. El animal cruza la carretera con su lento paso y se pierde en el horizonte. Durante este transe, él, ignorante, ha decidido el futuro de muchas almas: entre estos cien carros, con promedio de 4 personas en cada uno, es decir, 400 personas están destinadas a perder, por lo menos unas seis horas de sus vidas, clasificando unos diez gigabytes de fotografías con un punto negro, y deberán decidir cual de todos ellos es el que se parece más a un rinoceronte.

Listos para el punto negro

Rinonegro con el máximo zoom

Se va la estrella del día

Últimas fotos

Perdido el rinoceronte en el horizonte, e informados todos de que tan lucky we were de haber visto tan raro animal; esto apoyado de estadísticas y confesiones sobre lo alegre que está porque lo pudimos ver (nos está carameleando para su propina). Perdido el animal, perdido el interés… se hace el resto del safari pensando en el hotel y la cerveza… ya los leones pueden copular en trio si así lo desean, serán ignorados; los turistas están cansados, las cámaras están que vomitan sus memorias de la llenura, los culos duelen, el calor pasa la factura y el guía ya garantizó su propina. – Les parece si nos vamos –, pregunta tímido. – ¡Claro! –, responden todos al unísono.

Fotos de otros animales…

Tenebrosos Maasais 

El pueblo Maasai del cual ningún turista sale sin vaciar su billetera

Ñú y cebra

Hiena

Cebras bloqueacaminos

Ñús ignorando al fotografo

Pixel anaranjado… león

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Lago Manyara

Lo llaman Vervet, es un mico, mono para otros españoles más internacionales que el regional paisa. Vervet, pasa su día buscando a su Verveta; al igual que todos los demás animales, no tiene nada más para hacer una vez su estómago se encuentra saciado. La sabana donde habita es grande, aunque encontrar Vervetas no es un problema para él; su verdadero inconveniente es hacer que alguna de esas Vervetas se digne a mirarlo, se acerque, haga con él alguna de estas danzas formales, ceremonias previas a la cópula que, pasadas con buena nota, lo lleven a aparearse, transmitir sus genes a la próxima generación, aumentar la demografía de la especie y… no vamos a continuar, lo único que le preocupa a Vervet es copular con desenfreno y, cómo no tiene fémina en su poder, su primer objetivo es encontrarla.

Cómo se imaginarán Vervets hay muchos, Vervetas también, así que la competencia es ardua. La única forma que tiene Vervet para conseguir compañera de cópula es mostrar su mercancía, bueno, eso lo hacen todos los animales; vienen al mundo en pelota y así se quedan. Así pues, si Vervet quiere mostrale a la Vervetas que es lo que está en venta, debe esforzarse para mejorar la presentación de su activo más preciado.

No conocemos que Vervet debe hacer para mejorar su producto, adivinando, así, a la loca, diré que requiere saltar de una rama y abrir las dos patas cuando la gravedad produzca su efecto, admirar el efecto y ofrecerlo al mundo tal cual.

Tse Tse, no es el tátara tátara vástago de Mao Tse Tung, no señores, aquí tratamos sobre Tse Tse, el originario de Mto Wa Mbu. De una vez dejo constancia que no hablamos de chinos. No, no, no. Nuestros personajes son todos de África, dónde nos encontramos – excepto Mao, ese si es chino –. En fin, Mto Wa Mbu se traduce al inglés, Mosquito Town, en español diremos que no es nada mas ni nada menos que un Mosquero, literal y metafóricamente hablando. En fin, de Tse Tse, por vivir en Mosquero, podemos inferir que es una mosca, y sí, sí que lo es, es la famosísima mosca tse tse, la del sueño! Si te pican más de 2000 veces, te da sueño y ¡cataplúm!, privado en el lecho del lago caerás. Digo lago porque al pie de Mosquero está el lago Manyara, el mismo del título de esta entrada. En este lago, aparte de moscos y animales, también vivien los Maasai con sus animales, no salvajes como los del lago, sino domésticos, cómo los conocemos. Bueno, la forma con que los Maasai protejen a su ganado de la infinidad de moscos es poniendo trapos azules impregnados con veneno bajo los árboles donde las vacas pararían a refrescarse del incandescente e incansable sol africano. Al parecer a Tse Tse le gusta el color azul.

Los trapos de los Maasai

Cadaver de una mosca Tse Tse

¿Azul? ¿Dije azul? ¿Qué me recuerda? ¡Ah! ¡Las joyas de la corona! Venga, preguntémonos: ¿es Tse Tse útil para Vervet? ¿Es Vervet útil para Tse Tse?

A la segunda pregunta podemos afirmar que sí. Claro. Mientras las mantas azules de los Maasai están súper impregnadas de veneno, las tiernas joyas de Vervet tienen nutritiva sangre. Es decir alimentan, no matan y de remate desvían de la muerte a Tse Tse.

Ahora bien, abordando la primera pregunta: ¿es Tse Tse útil para Vervet? Sin mucho conocimiento de causa me atreveré a decir que sí. Asumo que el proceso debe ser de lo más molesto; a nadie le gusta que le piquen los moscos las joyas, pero, digamos, éstas deben estar anestesiadas por el dolor: si no recuerdan el autor de este blog decidió que semejante coloración bolarea solo podía conseguirse confrontando la gravedad patiabierto con una rama como objetivo final. Así pues, tanto dolor adquirido para pigmentar joyas, es posible que ponga en una segundo lugar la rasquiña obtenida por las picaduras de Tse Tse. El efecto positivo, es que con varias picaduras, la mercancía de Vervet, tendrá solo la opción de hincharse, cosa que para nosotros sería trágico, pero cuando hablamos que esta es la forma de atraer féminas, pues bien. Vervet boligrande y boliazul podrá ganarle a la competencia y atraer para sí alguna Verveta bien cachonda. La pregunta que dejamos en el aire para terminar esta entrada es: ¿Un Vervet reventado por el dolor, con escozor por las moscas, más posiblemente infectado de la enfermedad del sueño, podrá disfrutar de una cópula desenfrenada que tan arduamente buscó?

Elefante

Micos

Gacelas

Arbol con nidos

Bufalos

Zebras

Jirafas

Micos muertos del aburrimiento

Karatu

El aeropuerto de Karatu

Karatu es un pueblito polvoroso que queda justo entre el lago Manyara y el cráter del Ngorongoro, la entrada a la famosísima sabana del serengueti: la de todos los documentales que no ha sido filmados en el delta del Okabango. Visto en el mapa, Karatu ofrece la mejor ubicación del mundo; el problema es llegar, aunque en esta entrada evitaremos hablar de eso. Solo agregaré a esta introducción pueblerina qué, Arashu, al este, una ciudad caótica y poco recomendada, lejos de las atracciones que veníamos a ver, resultó ser la que tenía toda la infraestructura y facilidades para hacer los tours. Muy tarde venimos a saber esto; ya estábamos en Karatu y no había posibilidad de reversa.

Calle principal

Correo

Calles del pueblo

Sin siquiera poder encontrar como ir a ver las hienas, leones y demás animales a un precio medianamente pagable, nos buscamos como entretenernos en este pueblo. Encontramos un tour en bicicleta de montaña que pasaba por las colinas aledañas. La primera impresión fue de duda, las segunda, asombro, la tercera se podrá describir como un, “no jodás!” y la cuarta, prisa.

Nuestro primer contacto del tour fue con nuestro guía experto que… tenía el casco al revés!

¿Será que si llegaremos a algún Pereira con este maestro? Pues no, llegamos a un cafetal donde nos mostraron el modo más rústico posible de selección, despulpe y tostado. Informado el guía que con café no iba a impresionar a nadie, la familia de la casa nos sacó un café que nos vimos obligados a comprar (ya lo probamos y es malísimo).

Tostadora

Despulpadora

El siguiente paso fue 50 metros más lejos en un taller de escultura en ébano. De ahí salimos con una esculturita y un poco asombrados si nuestro paseo deportivo iba a ser más bien un zigzag donde todo el mundo nos iba a ofrecer cosas o ponernos en situaciones donde no nos podríamos salir sin dejar nuestro dinero ahí.

Yo tallando ébano

Pues bien, salimos de ahí y llegamos a una escuela un kilómetro más lejos. Sin mucho preámbulo nos metieron a un salón de clase lleno de niños y sin más nos empezaron a contar sus sueños y a preguntarnos cosas sobre nuestros países. Vale la pena acotar que el motoneto aborrece todo humanoide que posea en su haber menos de 15 abriles. Confieso esto para ambientarles mi buen humor y confort con la situación.

En fin, el proceso aconteció sin contratiempos, tal como lo tenían planeado y, cuando ya me estaba emocionando porque se había acabado, nos esperaron afuera para una sesión de canto y baile. Cinco minutos después heme ahí, en medio de niños forzado a bailar con ellos.

Cuando por fin terminaron y pensamos: – ¡somos libres! –, nos invitaron a una oficina donde después de explicarnos el funcionamiento de la escuela – del cual no estábamos interesados –, palabras más palabras menos, nos pidieron plata.

Logramos salir de la situación sin dar un centavo. El guía experto, ahora con el casco al derecho, fue comunicado de nuestro deseo de acabar con el paseo ciclístico una vez nos narró cual era la siguiente parada (un mercado local – ahí fijo nos desplumaban). El camino a Karatu nos llevó a una ¿ladrillera? como última parada turística.

Ya en nuestra posada pude comprobar que nuestro paseo de 20 kilómetros, bien medidos por Strava no pasaban de 6 y, allí mismo pude comprobar que no solo era un paseo deportivo, sino también cultural. Húyanle al paseo cultural en Tanzania: consiste en ser puesto en situaciones incómodas para poder vaciar la billetera. Cómo podrán darse cuenta, el paseo no gustó. Todas las esperanzas quedaron puestas en los leoncitos, cebras y hienas que para el momento no estaban para nada seguras.

Pwani Mchangani

Siete días después del último post nos ponen en Pwani Mchangani. En realidad los días pasados entre Stone City y Pwani son: cero. Por la mañana estábamos en Stone City, al medio día en Pwani. Bueno, estamos enredando la historia que ni siquiera ha comenzado; lo importante aquí es que ya nos encontramos en una playa del este de la isla Zanzibar – o Sansibar, cómo les guste más –, frente al océano índico. El mar es color turquesa (digo turquesa para sonar pomposo, la verdad es que yo lo veo azul claro y muy transparente pero en con la intención de decorar la prosa, colorear el discurso, saturar el párrafo con palabras que yo nunca usaría… ya no tengo idea de que hablo, ignórenme). En fin, el mar es azulito, transparente. La playa tiene arena blanca, muy fina. De esa que se mete en cualquier orificio y una semana después, pasadas entre siete y catorce duchas, sigue ahí, tan campante, recordándole al propietario de esos orificios las vacaciones pasadas! También sirve como souvenir la piel descascarándose o el dolor de ésta, roja como un camarón, antes de que lo haga. Volviendo a la descripción: el mar es azul; la playa blanca; el viento mucho, limpio – es lo que dicen los fanáticos del kite surfing, es de hecho un paraíso para esto –; Pwani, el pueblo, es pobrísimo; Pwani, la playa, tiene resorts llenos de extranjeros; y por último, para terminar la exposición, nosotros, quienes aquí nos encontramos, valga la redundancia, nos encontramos con muy poco dinero en nuestros bolsillos – y en nuestras cuentas bancarias –. Todo lo anterior viene al caso porque tanta belleza tiene un problema. Dos, para se más exacto. Primero, los pwaningueños. Segundo, los Maasai.

Ambos, más poderosos que Harry Potter y sus cómplices de aburridas aventuras, tienen el poder de convertir inocentes turistas en cometas. No como las del kite surf, más bien pienso en Halley, el cometa Halley. Así, en metáfora astronómica , un turista cualquiera, llamémosle Mr Meteor, se prepara con sus chanclitas y cámara para salir a la playa. La toca y Pum! Los Maasai , con sus súper poderes lo convierten en cometa!

Al parecer la palabras mágicas son, Jambo! *, gritado a pleno pulmón con sonrisa en la cara a modo de varita mágica, seguido de unos How are you? Where do you come from? Esta vez recitados con la misma sonrisa, pero con mano estirada saludadora incluida. Recitado el conjuro Mr Meteoro no lo es más. Convertido en cometa, tendrá que hacer todo su recorrido playístico con una cola de uno; o dos si es muy desafortunado. Este conjuro es permanente si ex Mr Meteor, ahora Mr Comet, no sabe decir no; la contra-palabra mágica que combate este sortilegio. Si acaso logra acabar el exorcismo al cual se ha visto expuesto con una corta conversación finalizada con varios “no”, su estatus pasará de nuevo a Mr Meteor durante unos cuarenta segundos, hasta que un nuevo miembro del clan mágico de los Maasai o algún Pwaningueño vuelva a ejercer sus poderes mágicos con un nuevo Jambo! Sonrisa. Mano. Vuelva y juegue. Mr Comet tiene de nuevo cola. Esta cola no se separará hasta que la contra mágica, “no”, sea pronunciada unas cuarenta veces. Durante su recorrido como cometa, nuestro turista se verá sometido a mil preguntas. Pasadas ellas, el verdadero motivo de la cola se verá expuesto: vender alguna conchita, invitación a visitar su tienda, ofrecerse de guía o por último pedir así, sin más ni más, dólares ­– solo les sirve de 10 para arriba –.

Ante los “no” – digo “no” porque Mr Meteor anteriormente ha sido abordado por unos cincuenta exorcistas y ya no come cuento – Maasai o Pwaningueño redoblaran sus ofertas, pedidos y consejos. Los “no” pasarán de unos educados “no”, a unos “please no”, a unos “please, just stop! No means no!” y finalizarán con “NO!!!” gritado a todo pulmón y en mayúsculas. Ahí el exorcismo finalizará, la cola desaparecerá, eso sí, dejando una estela de insultos en swahili, pues esto no se sabe, pero en la playa hay muy evidente racismo a la inversa. Mr Meteor será insultado tantas veces como abordado, exceptuando las ocasiones en que algunos dólares salgan de su bolsillo para otro. Finalizado un exorcismo, inmediatamente un nuevo Maasai o pwaningueño volverá a convertir a turista en cometa y el proceso continuará hasta que Mr Comet se refugie en la seguridad de su hotel y se prometa a si mismo jamás volver a la playa. (Al otro día lo hará porque es muy bonita y normalmente en la playas no hay mucho para hacer así que no queda de otra que pegarse su chapuzoncito en el mar ­– caliente como una sopa –, o hacer alguna caminadita).

Así, Mr Meteor, el siguiente día, cuando quiera salir de su hotel, verá con nuevos ojos la playa. Frente a sí tendrá desparramados de forma “casual” cada 50 metros una pareja de Maasai mirando de frente al hotel o algún pwaningueño haciendo lo propio. Estas miradas intimidan, aterrorizan a Mr Meteor porque el sabe que esas miradas son par él. Son ojos que dicen: te estamos viendo. De acá no nos vamos a mover. ¡Te esperaremos hasta el fin de los días!

Ante estas miradas Mr Meteor solo irá al mar cuando ya no soporte el calor, y lo hará tan rápido como pueda y cuando oiga un “jambo!” bajará su mirada y hará como si eso no tuviera nada que ver con él, aún cuando el jambo provenga de una persona situada a cincuenta centímetro de él y tenga la mano saludadora estirada y una gran sonrisa en boca!

* Jambo: en swahili => hola. Término solo utilizado con turistas extranjeros. Entre locales se usa Mambo.

Terroríficos Pwaningueños

Maasai en acción: jambo!

Playa de Pwani Mchangani con marea alta

Playa de Pwani Mchangani con marea baja

El Indico desde Mnemba

Pwani desde la barrera de corales

La zona del terror: las tiendas de los Maasai

Otra terrorífica visión, erisos por montones

Eriso morado

Cultivo de algas durante la marea baja

La galaxia marina estrellas

Arrecife al sol

Dato curioso: SpongeBob, el verdadero

Kite surfing

Playa en marea baja

Barco encayado

Panorama

Stone Town

Me encontraba en la ciudad de piedra, Stone Town, la capital de Zanzibar, la isla que en algún momento fue una ciudad-estado mercante y que ahora era el sitio donde me iba a motilar. Esto es importante porque en Suiza, un simple corte de pelo cuesta tanto que, si acaso llegase a tener el dinero para pagarlo, igual mi dignidad me impediría hacerlo. De ningún modo, nunca, jamás de los jamases pagaría esa suma. Un corte de pelo no puede llegar a costar tanto, más cuando la mitad de África se muere de hambre (y si no se murieran tampoco sería ético cobrar semejante suma), en fin, con mi orgullo y ética impidiéndome motilarme en el país que vivo y con un pelero insoportable sobre mi cabeza, estaba pues en la ciudad de piedra pensando que de pronto esta era la ocasión perfecta para pagar lo justo por un par de tijeretazos en la cabeza.

Las primeras andanzas no fueron para nada promisorias. Paseando por aquí, por allá, viendo el puerto con el océano índico azul turquesa y súper cristalino, paseando por las callejuelas cercadas por casonas de estilo árabe, portones súper decorados y vendedores tipo árabe enloquecedores; las estrechas callejuelas son un bazar y los Zanzibareños, una mezcla de árabe, indio y maasai, muy comerciantes con técnicas de mercadeo cercanas al acoso.

En fin, un día, para ser exactos el segundo, encontré lo que estaba buscando, una peluquería. Una vez negociado el precio, la pregunta que el hombre me hace en swahili, después traducida al inglés es:

­– ¿Con cual lo motilo, con la 4 o con la 5?

– ¿4 o 5? –, me quedo un rato pensando. “¡Ah! ¡Este man cree que me a va motilar con una máquina!” – ¡No amigazo, la idea es que lo hagás con tijeras, como lo hace cualquier peluquero!

El compañero le traduce. Nuestro hombre se queda paralizado como piedra, con ojos blanqueados por el pánico, pero, empujado por una irresponsabilidad digna de admirar, temiendo acaso perder su negocio, dijo sin siquiera ponerse rojo: – ¡Claro, no hay problema! Venga siéntese acá y empezamos.

No crean que soy bobo, era evidente que el hombre no había utilizado unas tijeras en su vida, pero, ante la perspectiva de continuar con esa mata de pelo sobre mi cabeza en ese calor tan insoportable, y verme obligado a pagar este proceso dos semanas después en francos suizos, decidí sentarme y hacer cara de… No me la vi. Estaba muy entretenido viendo por el espejo como se iba a desarrollar la ejecución del proceso al que me iba a someter. En fin, con una torpeza sin igual el peluquero me hecho dos plufs de agua con su atomizador. (Cuando puso su frasquito con agua en el mostrador, la poca agua, que por mayoría en mi cara había puesto, se evaporó) Agarró un par de tijeras y… se puso a temblar. ¡Temblar es temblar! ¡Con ganas! Me miraba la cabeza. Miraba sus manos. Las acercaba. Las volvía a alejar. Hizo esto varias veces hasta que se acordó como lo había visto antes (vaya uno a saber donde) y me agarró con la otra mano un mechón de pelo y que quedó dudando si poner la tijera arriba de los dedos o abajo. Indeciso, cortó una puntica de unos 5 milímetros. Me miró: – ¿Así?

Con señas le respondí que tomara confianza. Lo peor que podía pasar era tener que hacer uso de la cinco. O la cuatro. Me volvió a mirar con pánico, comenzó a temblar aún más y de a 5 milímetros en 5 milímetros se tomó la confianza suficiente para trasquilarme sin método. Un poquito por allá. Otro por el lado. Un plufcito de agua que se evaporó no más al salir de la botellita. Otro cortecito por allí. Otro por allá. Un lado mas largo que el otro. Media capul tapaba un ojo. La otra mitad ya no existía. Una patilla sin tocar, la otra a medio camino. Todo pelo que pasaba por la tijera, el viento se lo llevaba directo a Franziska, quién desesperada hacía hasta lo imposible para quitárselos de encima (incluyendo cambiándose de lugar) con muy poco éxito. El hombre cortaba atrás. Le hacía yo señas que volviera adelante. Cortaba un poco y volvía atrás. Le volvía a hacer señas que volviera adelante. Lo hacía un poco y volvía a atrás. Hasta que al final llegó a un punto donde el resultado era del largo deseado, aunque sin simetría, ni estilo, y le hice la seña que el hombre tanto esperaba: – Pará ahí que ya me cansé.

El hombre se detuvo. Franziska se quitaba pelos de encima. Yo me miraba y veía la mitad de mi ex-pelo pegado a mi y a mi sudor. Al lado había un sifón y allí metí mi cabeza. El resultado fue peor. Salí por las calles de Stone Town correando agua, sudado, con los pelos pegados a mi piel, con menos plata en mi billetera, pero… con una sonrisa de oreja a oreja! Por fin, !no más pelo!

El resultado de la operación no es tan malo como el proceso de realización

Puertas de Stone Town

Calle principal del centro histórico

Ventanitas

Balcones

Una plaza que llevaba al mar

Old Fort

Callejuelas-Bazar

Callejuelas

Mall

Alumbrado Público

Calles del centro histórico

Una iglesia, atrás un mezquita

Calles

Banderines

Vía principal

Cebra inexistente y muy irrespetada

Otra calle

Nuevo Viaje

Situados en el aeropuerto de Munich, alemán en teoría – y práctica – pero aparentemente diseñado y construido por uno de esos contratistas colombianos de los que tanto nos enorgullecemos, nos encontramos de pronto como el extremo inferior del promedio, el que reduce en número estadístico, es decir, el que rejuvenece la media si habláramos de un promedio de edad ­– para ser honestos con el lector, de eso hablamos – , en fin, nos encontramos en un aeropuerto alemán increíblemente mal diseñado y nosotros, no tan jóvenes ahora, con canas en la barba y primeras arruguitas en el rostro, nos vemos como infantes si somos contrastados con quienes nos rodean. Vamos en un gerontoavión – aeronave geriátrica – no el aparato, parece moderno, los ocupantes, claro, esos son los que convierten un modernísimo Boeing o Airbus – son como lo mismo –, en un vejestorio volante.

Antes de que me griten – ¡Gerontofobo! –, debo hacer notar que la razón por la cual este es el tema a tratar, y no otra cosa relativa a viajes tal como los tiene acostumbrado este blog de viajes, es básicamente debido al ingreso a la nave. A la llamada por los altavoces aeroportuarios del ingreso de nuestro vuelo por la puerta, digamos 43, y a que la gente como siempre lo hace se amontone frente a esa puerta, resultó que la espera se demoró media hora debido a la sorprendente cantidad de sillas de ruedas. A juzgar por los ocupantes, estos no son cómo los obesos gringos que toman las sillas de ruedas para saltarse las filas, no señor, estos ocupantes, muy legítimos, con el último suspiro de vida que aún les queda en el cuerpo se aferran a sus sillones rolantes para ingresar al avión que les llevará hacia el muy posible último destino vacacional de sus días. Los funcionarios del avión no saben muy buen como organizar y meter por el pasillo semejante embotellamiento de sillas de ruedas con pacientes sin fuerzas para moverlas. Necesitan llamar una batería de personajes que muy probablemente se encontraban en el otro extremo del muy mal diseñado aeropuerto a juzgar por el tiempo que les tomó llegar a la gate. Así pues, pasó media hora de labores acrobáticas para ingresar sillas de ruedas al avión y sacarlas de nuevo para que los cansados pasajeros, todos de pelo blanco, pudieran ingresar al avión.

Ya adentro pasan razonamientos que más o menos dicen: si en sentido contrario, es decir, un avión lleno de niños alguno de ellos vomitase, ¿que pasaría? ¡Obvio! ¡Contagio universal! ¡En cinco minutos se verían niños devolviendo al mundo hasta el almuerzo del día anterior! Ahora la pregunta del momento: ¿Que pasaría si de pronto a uno de estos pasajeros le diera por tener un sonoro ataque a su miocardio? Solo se me ocurre pensar que, por cuenta de las respuestas que esa pregunta concede, saldríamos en el noticiero en algún destino diferente al que tenemos planeado ir.

En fin cómo esto escribo y anexo fotos de mar, animalitos y personas, en vez de cadáveres cubiertos por sábanas blancas y fotógrafos, podemos inferir que todos llegamos a nuestro destino; los unos para sus últimas vacaciones en el plano terrenal y los otros, dos para ser exactos, los que impunemente bajaron el promedio de primaveras dispuestos en esa aeronave, llegaron para pasar unas merecidas vacaciones. Por eso, este blog inaugura un nuevo país: ¡Tanzania!

Ya en otros posts vendrá en detalle.

Stone Town, Zanzibar

Pwan Mchangani, Zanzibar

Mnemba, Zanzibar

Tallando ebano, Karatu

Karatu

Elefante, Lake Manyara

Zebras, Lake Manyara

Maasais

El Ñú, Ngorongoro

Una linda hiena, Ngorongoro