Pwani Mchangani

Siete días después del último post nos ponen en Pwani Mchangani. En realidad los días pasados entre Stone City y Pwani son: cero. Por la mañana estábamos en Stone City, al medio día en Pwani. Bueno, estamos enredando la historia que ni siquiera ha comenzado; lo importante aquí es que ya nos encontramos en una playa del este de la isla Zanzibar – o Sansibar, cómo les guste más –, frente al océano índico. El mar es color turquesa (digo turquesa para sonar pomposo, la verdad es que yo lo veo azul claro y muy transparente pero en con la intención de decorar la prosa, colorear el discurso, saturar el párrafo con palabras que yo nunca usaría… ya no tengo idea de que hablo, ignórenme). En fin, el mar es azulito, transparente. La playa tiene arena blanca, muy fina. De esa que se mete en cualquier orificio y una semana después, pasadas entre siete y catorce duchas, sigue ahí, tan campante, recordándole al propietario de esos orificios las vacaciones pasadas! También sirve como souvenir la piel descascarándose o el dolor de ésta, roja como un camarón, antes de que lo haga. Volviendo a la descripción: el mar es azul; la playa blanca; el viento mucho, limpio – es lo que dicen los fanáticos del kite surfing, es de hecho un paraíso para esto –; Pwani, el pueblo, es pobrísimo; Pwani, la playa, tiene resorts llenos de extranjeros; y por último, para terminar la exposición, nosotros, quienes aquí nos encontramos, valga la redundancia, nos encontramos con muy poco dinero en nuestros bolsillos – y en nuestras cuentas bancarias –. Todo lo anterior viene al caso porque tanta belleza tiene un problema. Dos, para se más exacto. Primero, los pwaningueños. Segundo, los Maasai.

Ambos, más poderosos que Harry Potter y sus cómplices de aburridas aventuras, tienen el poder de convertir inocentes turistas en cometas. No como las del kite surf, más bien pienso en Halley, el cometa Halley. Así, en metáfora astronómica , un turista cualquiera, llamémosle Mr Meteor, se prepara con sus chanclitas y cámara para salir a la playa. La toca y Pum! Los Maasai , con sus súper poderes lo convierten en cometa!

Al parecer la palabras mágicas son, Jambo! *, gritado a pleno pulmón con sonrisa en la cara a modo de varita mágica, seguido de unos How are you? Where do you come from? Esta vez recitados con la misma sonrisa, pero con mano estirada saludadora incluida. Recitado el conjuro Mr Meteoro no lo es más. Convertido en cometa, tendrá que hacer todo su recorrido playístico con una cola de uno; o dos si es muy desafortunado. Este conjuro es permanente si ex Mr Meteor, ahora Mr Comet, no sabe decir no; la contra-palabra mágica que combate este sortilegio. Si acaso logra acabar el exorcismo al cual se ha visto expuesto con una corta conversación finalizada con varios “no”, su estatus pasará de nuevo a Mr Meteor durante unos cuarenta segundos, hasta que un nuevo miembro del clan mágico de los Maasai o algún Pwaningueño vuelva a ejercer sus poderes mágicos con un nuevo Jambo! Sonrisa. Mano. Vuelva y juegue. Mr Comet tiene de nuevo cola. Esta cola no se separará hasta que la contra mágica, “no”, sea pronunciada unas cuarenta veces. Durante su recorrido como cometa, nuestro turista se verá sometido a mil preguntas. Pasadas ellas, el verdadero motivo de la cola se verá expuesto: vender alguna conchita, invitación a visitar su tienda, ofrecerse de guía o por último pedir así, sin más ni más, dólares ­– solo les sirve de 10 para arriba –.

Ante los “no” – digo “no” porque Mr Meteor anteriormente ha sido abordado por unos cincuenta exorcistas y ya no come cuento – Maasai o Pwaningueño redoblaran sus ofertas, pedidos y consejos. Los “no” pasarán de unos educados “no”, a unos “please no”, a unos “please, just stop! No means no!” y finalizarán con “NO!!!” gritado a todo pulmón y en mayúsculas. Ahí el exorcismo finalizará, la cola desaparecerá, eso sí, dejando una estela de insultos en swahili, pues esto no se sabe, pero en la playa hay muy evidente racismo a la inversa. Mr Meteor será insultado tantas veces como abordado, exceptuando las ocasiones en que algunos dólares salgan de su bolsillo para otro. Finalizado un exorcismo, inmediatamente un nuevo Maasai o pwaningueño volverá a convertir a turista en cometa y el proceso continuará hasta que Mr Comet se refugie en la seguridad de su hotel y se prometa a si mismo jamás volver a la playa. (Al otro día lo hará porque es muy bonita y normalmente en la playas no hay mucho para hacer así que no queda de otra que pegarse su chapuzoncito en el mar ­– caliente como una sopa –, o hacer alguna caminadita).

Así, Mr Meteor, el siguiente día, cuando quiera salir de su hotel, verá con nuevos ojos la playa. Frente a sí tendrá desparramados de forma “casual” cada 50 metros una pareja de Maasai mirando de frente al hotel o algún pwaningueño haciendo lo propio. Estas miradas intimidan, aterrorizan a Mr Meteor porque el sabe que esas miradas son par él. Son ojos que dicen: te estamos viendo. De acá no nos vamos a mover. ¡Te esperaremos hasta el fin de los días!

Ante estas miradas Mr Meteor solo irá al mar cuando ya no soporte el calor, y lo hará tan rápido como pueda y cuando oiga un “jambo!” bajará su mirada y hará como si eso no tuviera nada que ver con él, aún cuando el jambo provenga de una persona situada a cincuenta centímetro de él y tenga la mano saludadora estirada y una gran sonrisa en boca!

* Jambo: en swahili => hola. Término solo utilizado con turistas extranjeros. Entre locales se usa Mambo.

Terroríficos Pwaningueños

Maasai en acción: jambo!

Playa de Pwani Mchangani con marea alta

Playa de Pwani Mchangani con marea baja

El Indico desde Mnemba

Pwani desde la barrera de corales

La zona del terror: las tiendas de los Maasai

Otra terrorífica visión, erisos por montones

Eriso morado

Cultivo de algas durante la marea baja

La galaxia marina estrellas

Arrecife al sol

Dato curioso: SpongeBob, el verdadero

Kite surfing

Playa en marea baja

Barco encayado

Panorama

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Stone Town

Me encontraba en la ciudad de piedra, Stone Town, la capital de Zanzibar, la isla que en algún momento fue una ciudad-estado mercante y que ahora era el sitio donde me iba a motilar. Esto es importante porque en Suiza, un simple corte de pelo cuesta tanto que, si acaso llegase a tener el dinero para pagarlo, igual mi dignidad me impediría hacerlo. De ningún modo, nunca, jamás de los jamases pagaría esa suma. Un corte de pelo no puede llegar a costar tanto, más cuando la mitad de África se muere de hambre (y si no se murieran tampoco sería ético cobrar semejante suma), en fin, con mi orgullo y ética impidiéndome motilarme en el país que vivo y con un pelero insoportable sobre mi cabeza, estaba pues en la ciudad de piedra pensando que de pronto esta era la ocasión perfecta para pagar lo justo por un par de tijeretazos en la cabeza.

Las primeras andanzas no fueron para nada promisorias. Paseando por aquí, por allá, viendo el puerto con el océano índico azul turquesa y súper cristalino, paseando por las callejuelas cercadas por casonas de estilo árabe, portones súper decorados y vendedores tipo árabe enloquecedores; las estrechas callejuelas son un bazar y los Zanzibareños, una mezcla de árabe, indio y maasai, muy comerciantes con técnicas de mercadeo cercanas al acoso.

En fin, un día, para ser exactos el segundo, encontré lo que estaba buscando, una peluquería. Una vez negociado el precio, la pregunta que el hombre me hace en swahili, después traducida al inglés es:

­– ¿Con cual lo motilo, con la 4 o con la 5?

– ¿4 o 5? –, me quedo un rato pensando. “¡Ah! ¡Este man cree que me a va motilar con una máquina!” – ¡No amigazo, la idea es que lo hagás con tijeras, como lo hace cualquier peluquero!

El compañero le traduce. Nuestro hombre se queda paralizado como piedra, con ojos blanqueados por el pánico, pero, empujado por una irresponsabilidad digna de admirar, temiendo acaso perder su negocio, dijo sin siquiera ponerse rojo: – ¡Claro, no hay problema! Venga siéntese acá y empezamos.

No crean que soy bobo, era evidente que el hombre no había utilizado unas tijeras en su vida, pero, ante la perspectiva de continuar con esa mata de pelo sobre mi cabeza en ese calor tan insoportable, y verme obligado a pagar este proceso dos semanas después en francos suizos, decidí sentarme y hacer cara de… No me la vi. Estaba muy entretenido viendo por el espejo como se iba a desarrollar la ejecución del proceso al que me iba a someter. En fin, con una torpeza sin igual el peluquero me hecho dos plufs de agua con su atomizador. (Cuando puso su frasquito con agua en el mostrador, la poca agua, que por mayoría en mi cara había puesto, se evaporó) Agarró un par de tijeras y… se puso a temblar. ¡Temblar es temblar! ¡Con ganas! Me miraba la cabeza. Miraba sus manos. Las acercaba. Las volvía a alejar. Hizo esto varias veces hasta que se acordó como lo había visto antes (vaya uno a saber donde) y me agarró con la otra mano un mechón de pelo y que quedó dudando si poner la tijera arriba de los dedos o abajo. Indeciso, cortó una puntica de unos 5 milímetros. Me miró: – ¿Así?

Con señas le respondí que tomara confianza. Lo peor que podía pasar era tener que hacer uso de la cinco. O la cuatro. Me volvió a mirar con pánico, comenzó a temblar aún más y de a 5 milímetros en 5 milímetros se tomó la confianza suficiente para trasquilarme sin método. Un poquito por allá. Otro por el lado. Un plufcito de agua que se evaporó no más al salir de la botellita. Otro cortecito por allí. Otro por allá. Un lado mas largo que el otro. Media capul tapaba un ojo. La otra mitad ya no existía. Una patilla sin tocar, la otra a medio camino. Todo pelo que pasaba por la tijera, el viento se lo llevaba directo a Franziska, quién desesperada hacía hasta lo imposible para quitárselos de encima (incluyendo cambiándose de lugar) con muy poco éxito. El hombre cortaba atrás. Le hacía yo señas que volviera adelante. Cortaba un poco y volvía atrás. Le volvía a hacer señas que volviera adelante. Lo hacía un poco y volvía a atrás. Hasta que al final llegó a un punto donde el resultado era del largo deseado, aunque sin simetría, ni estilo, y le hice la seña que el hombre tanto esperaba: – Pará ahí que ya me cansé.

El hombre se detuvo. Franziska se quitaba pelos de encima. Yo me miraba y veía la mitad de mi ex-pelo pegado a mi y a mi sudor. Al lado había un sifón y allí metí mi cabeza. El resultado fue peor. Salí por las calles de Stone Town correando agua, sudado, con los pelos pegados a mi piel, con menos plata en mi billetera, pero… con una sonrisa de oreja a oreja! Por fin, !no más pelo!

El resultado de la operación no es tan malo como el proceso de realización

Puertas de Stone Town

Calle principal del centro histórico

Ventanitas

Balcones

Una plaza que llevaba al mar

Old Fort

Callejuelas-Bazar

Callejuelas

Mall

Alumbrado Público

Calles del centro histórico

Una iglesia, atrás un mezquita

Calles

Banderines

Vía principal

Cebra inexistente y muy irrespetada

Otra calle

Nuevo Viaje

Situados en el aeropuerto de Munich, alemán en teoría – y práctica – pero aparentemente diseñado y construido por uno de esos contratistas colombianos de los que tanto nos enorgullecemos, nos encontramos de pronto como el extremo inferior del promedio, el que reduce en número estadístico, es decir, el que rejuvenece la media si habláramos de un promedio de edad ­– para ser honestos con el lector, de eso hablamos – , en fin, nos encontramos en un aeropuerto alemán increíblemente mal diseñado y nosotros, no tan jóvenes ahora, con canas en la barba y primeras arruguitas en el rostro, nos vemos como infantes si somos contrastados con quienes nos rodean. Vamos en un gerontoavión – aeronave geriátrica – no el aparato, parece moderno, los ocupantes, claro, esos son los que convierten un modernísimo Boeing o Airbus – son como lo mismo –, en un vejestorio volante.

Antes de que me griten – ¡Gerontofobo! –, debo hacer notar que la razón por la cual este es el tema a tratar, y no otra cosa relativa a viajes tal como los tiene acostumbrado este blog de viajes, es básicamente debido al ingreso a la nave. A la llamada por los altavoces aeroportuarios del ingreso de nuestro vuelo por la puerta, digamos 43, y a que la gente como siempre lo hace se amontone frente a esa puerta, resultó que la espera se demoró media hora debido a la sorprendente cantidad de sillas de ruedas. A juzgar por los ocupantes, estos no son cómo los obesos gringos que toman las sillas de ruedas para saltarse las filas, no señor, estos ocupantes, muy legítimos, con el último suspiro de vida que aún les queda en el cuerpo se aferran a sus sillones rolantes para ingresar al avión que les llevará hacia el muy posible último destino vacacional de sus días. Los funcionarios del avión no saben muy buen como organizar y meter por el pasillo semejante embotellamiento de sillas de ruedas con pacientes sin fuerzas para moverlas. Necesitan llamar una batería de personajes que muy probablemente se encontraban en el otro extremo del muy mal diseñado aeropuerto a juzgar por el tiempo que les tomó llegar a la gate. Así pues, pasó media hora de labores acrobáticas para ingresar sillas de ruedas al avión y sacarlas de nuevo para que los cansados pasajeros, todos de pelo blanco, pudieran ingresar al avión.

Ya adentro pasan razonamientos que más o menos dicen: si en sentido contrario, es decir, un avión lleno de niños alguno de ellos vomitase, ¿que pasaría? ¡Obvio! ¡Contagio universal! ¡En cinco minutos se verían niños devolviendo al mundo hasta el almuerzo del día anterior! Ahora la pregunta del momento: ¿Que pasaría si de pronto a uno de estos pasajeros le diera por tener un sonoro ataque a su miocardio? Solo se me ocurre pensar que, por cuenta de las respuestas que esa pregunta concede, saldríamos en el noticiero en algún destino diferente al que tenemos planeado ir.

En fin cómo esto escribo y anexo fotos de mar, animalitos y personas, en vez de cadáveres cubiertos por sábanas blancas y fotógrafos, podemos inferir que todos llegamos a nuestro destino; los unos para sus últimas vacaciones en el plano terrenal y los otros, dos para ser exactos, los que impunemente bajaron el promedio de primaveras dispuestos en esa aeronave, llegaron para pasar unas merecidas vacaciones. Por eso, este blog inaugura un nuevo país: ¡Tanzania!

Ya en otros posts vendrá en detalle.

Stone Town, Zanzibar

Pwan Mchangani, Zanzibar

Mnemba, Zanzibar

Tallando ebano, Karatu

Karatu

Elefante, Lake Manyara

Zebras, Lake Manyara

Maasais

El Ñú, Ngorongoro

Una linda hiena, Ngorongoro