Zion

El lugar consistía en un cañoncito súper estrecho entre dos rocas verticales altísimas. Al lado, dos o tres metros más abajo, un riachuelo congelado no se movía ni un milímetro. El camino tenía nieve por montones pues por la mañana había caído una nevada fuertísima. Adelante se veía la luz de sol; atrás no, puesto que las rocas altísimas no le permitían el paso. Arriba, el cielo era gris y pocón del él se veía, porque la nieve aún caía. Y por último, parados en el final del cañón, nos encontrábamos nosotros haciendo cara de bobos. No es que lo quisiéramos, no sabíamos que otra cara hacer.

Gotica de agua, aburrida, vencida por la gravedad, caía. No lo quería hacer, se agarraba con todas sus fuerzas a la roca por la que se deslizaba, pero, ya se lo imaginarán, Gotica brazos no tenía y, para colmos, su estado líquido no colaboraba con el show, así pues, a su destino, el suelo, caía si consideración. A Gotica le seguía Gotica, quien también, a los pocos segundos de infructuosa lucha, perecía de igual forma. Después de ver caer a Gotica, otra gotica ocupaba su lugar, y así, sucesivamente, una a una, todo el hielo de alguna nevada anterior, en estado líquido iba su vida terminar y en suelo, metros abajo, yacer. Pero no. El clima cambió, hizo frío suficiente para que en un momento la gotica, que debía en el suelo terminar, pudiera agarrarse de algo y solo parte de ella al abismo dejar caer. Es que se medio congelaba. Gotica, la siguiente, más o menos hizo lo mismo, y así de a pocos, todas las goticas que morir debían, de una forma u otra, agarradas unas de otras, una hermosa acualactita de hielo formaron. No es que sea una verdadera acualactita, esa palabra es inventada, lo digo porque el nombre de esos conos invertidos de hielo que se forman cuando la nieve se descongela (pero se queda congelada en el camino) y que se parecen a una estalactita, me es desconocido.

Pasó que un día, ese, el mismo que en ese entonces llamábamos hoy; es decir, el día que nos compete, una ráfaga de viento, a las goticas congeladas que tanto habían contrariado a los dioses acuáticos por cuenta de su terca voluntad para desconocer la realidad y a la vez destino — que al suelo debían caer —, decidió el viento pues, que insurrecciones de ese tipo no eran permitidas y, con un soplido fuerte, muy fuerte, desestabilizó la base de la acualactita y a los brazos de la gravedad envió.

El nevado piso debía ser su destino, pero no; la acualactita, en vez de encontrarse rodeada de blanca nieve como se suponía, lo hacía por algo rojo que teñía su hasta ahora bien lograda transparencia. Me imagino que a los acuadioses la indignación los habrá envuelto, pues el destino de acualactita debía ser el suelo o la nieve, nada más que eso. Es por eso que nosotros hacemos cara de bobos. Es la cara que inevitablemente se hace cuando un pedazo filudo de hielo contrario a su destino, en la cabeza de un pasante termina su recorrido.

El hombre no se retuerce de dolor como uno se imaginaría. Se encuentra privado, tirado en la nieve, con un gigantesco hueco en la cabeza, el cráneo partido, su ojo hinchado vaya uno a saber por qué si el golpe fue en otro lado y, para rematar la función, sangre es emanada por su nariz. Su esposa lo abraza y tampoco se mueve y, nosotros hacemos cara de bobos. Que más hacer si transformándolas por unas más interesantes no van a mágicamente tapar lo que ha sido destapado con tanta torpeza por parte de acualactita.

— ¿Señora, le podemos ayudar en algo? —, pregunto torpemente.

— ¿Y cómo en qué? —, responde entre seca, agresiva y asustada.

Caras de bobo adornan el ambiente. — No, pues, solo para preguntar. Es que nos sentimos incómodos ver a su marido tirado en el suelo con ese hueco en la cabeza, ese chorro de sangre y esa cara de agonizante y nosotros aquí, viéndola a usted abrazarlo como para despedida trágica que no queremos presenciar, y créame, es que no sabemos que decir. Vea, sería increíblemente maleducado pasar por su lado, saludarla con un buenas las tenga y seguir a nuestro destino que para serle sincero, es allí no más. Tampoco es que podamos dar media vuelta y sentirnos muy bien con nosotros mismos por dejarla a usted aquí, en medio de un cañón helado con su marido en brazos. Solo se nos ocurre quedarnos aquí, paraditos, viéndola a usted mantener con heroísmo el carácter fuerte mientras intenta mantener consciente a su marido que solo quiere estar insconsciente, y, para que nuestra presencia no sea demasiado rara, o por lo menos para no parecer un público que solo quiere saciar su morbo con las penas ajenas, es que cortamos este silencio tan incómodo con una pregunta boba, remarcándola además con nuestras caras. ¿No quiere que le ayudemos? Mire que por allá siguen cayendo pedazos de nieve y hielo y quien quita, va usted ser tan demalas que le cae una piedra en la cabeza para formar una buena simetría matrimonial pero, este es un gran pero, nos dejaría a nosotros encartados con dos moribundos, bien lejos de la civilización, con este frío tan berraco que hace, es que estamos a menos diez, pero bueno me desvió con mis desvaríos señora, lo que digo es que sería regio que me dejara ayudarle, si no quiere que la ayudemos porque sabe que eso no va a volver a tapar la cabeza de su marido, eso lo entendemos, pero las buenas costumbres dicen que hay que colaborar con las personas que lo necesitan. Véanos, estas caras de bobo ya nos duelen, es por caridad que usted se debe dejarse ayudar, piénselo de esta forma, como una buena acción para evitar que dos desconocidos pierdan su autoestima y se sientan inútiles.

Señora, con todo respeto, este silencio que nos rodea es insoportable, hasta le ofrecería un tintico para el frío si tuviera uno. Ve, hablando de frío, ofrecer y tener, venga le doy mi suéter; su marido debe estar helado ahí tirado. ¡Ah! También tome mi bufanda, amárresela en la cabeza y tápele el boquete. ¡Sí vio que sí se puede! Usted se deja ayudar y nosotros no nos sentimos tan mal. Bueno, no es mi intensión decir eso; es obvio que abrazar al conyugue en ese estado, medido en un penómetro, debe encontrarse bastantes unidades más arriba que un par que simplemente se encuentran apenados porque no pueden ayudar y mucho menos romper un silencio incómodo con cháchara trivial. En fin, ya que rompimos el hielo, si me perdona la inadecuada expresión, vamos a mover a su marido debajo de esta piedra donde nos estamos protegiendo nosotros porque mire, está a un pelo de recibir una acualactita en la cabeza y así no podrá ayudar a quien se encuentra en sus brazos. Muy bien, así es que es, ponga este suéter aquí, la bufanda allá. ¡Mire ahí! ¡Vienen mas personas! Si vio, la gente es súper querida cuando le garantizan ver a otro sufrir, hasta pagan boleta, bueno, digo en sentido figurado, aquí donde nos encontramos se paga con suéteres. Coja esos dos que le ofrece el señor y póngalos debajo de él. Muy bien, ya va estar más calientico y cómodo.

¡Señora! ¡Dígale a su esposo que no diga eso! Eso, así es, estas no son horas de despedidas. Sí, sí, sígale diciendo que va estar bien, ninguno de los presentes se lo cree pero nada que hacer, ¡manténgalo despierto! Eso, muy bien, solo dígale que no se despida, usted está que se derrumba y aquí los presentes no saben dónde esconderse, solo queríamos caminar por un parque, en ningún momento se nos pasó por la cabeza asistir a dramas y tragedias. Ver a Bambi sí, no presenciar la muerte de su madre, bueno, usted me entiende. Vení, ¿quien es ese niño con cara de traumatizado? ¿Es suyo? ¡Oigan público, alguien que le converse al niño que tal como se le ve la cara parece que no va a dormir en los próximos 10 años! ¡Señor! ¡Deje de despedirse! ¡Mírele la cara a su hijo! ¡Está traumatizado!

¡Que es todo este gentío que nos rodea! ¡Ya casi no podemos ni movernos en este senderito! Bueno, qué pena señora, cómo ya la vemos lo más de bien acompañada y llevamos un buen rato aguantando frío, no siendo más, nos despedimos, pero no se preocupe, no gritaremos despedidas ni saludes, simplemente nos deslizaremos entre el público que goza con su pose y drama y detracito, sin que nadie se dé cuenta, desapareceremos.

No pudimos gritarle a la señora cuando veinte minutos más tarde vimos a una paramédica, mucho menos cuando a otros veinte minutos nos topamos con un Rambo con hacha y gritando órdenes sin necesidad, tampoco pudimos avisarle que de hecho mucho más adelante venía una camilla con una ruedita y cuatro tipos más. En fin, después de cinco horas lo más seguro es que el hombre por fin vio un hospital… en el que imagino todavía sigue

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Bonito paisaje nevado

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Puente bastante resbaloso

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Río que aún no se ha congelado

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Árboles que sí

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Cascada que no

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Caminito

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Bello panorama de zion

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Uno de tantos caminitos

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Otro más

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El valle de zion

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Camino

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Más de la vista

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Llegando arriba

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Nieve que nunca paró

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El camino donde el hombre resultó herido

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Un poquito más adelante

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Bambis

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Última postal de zion

3 thoughts on “Zion

  1. Buen día, lo mejor son sus narraciones, ve… después de dos años de seguir su blog se me olvido su nombre, solo recuerdo que es apellido Uribe, que cosas; ese zion estuvo como estilo the wlaking dead. gracias.

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