Los gerontorambos

Creo que fue en Grindenwald; si no fue allí, sucedió en alguna montaña. Desde un teleférico, mientras subíamos al chalet donde comenzarían las aventuras con el schliteln (estábamos en invierno), por la ventana se podía ver abajo, en el caminito que serpentea bajo la cabina, a un hombre trotando loma arriba. – ¡Que patriota! –, pensaba. – ¿No tendrá nada más para hacer? ¡Trotando por este morro, y con este frío! ¡Si que hay locos en este mundo!

El teleférico continuó con su camino, el hombre trotando desapareció de la vista y la primera etapa del paseo terminó; llegamos al chalet, ahora debíamos continuar a pie por dos horas, montaña arriba, hasta llegar al Faulhorn; allí estaba la pista más larga de schliteln de Suiza. En fin, todo esto se narra, porque a mitad de camino al Faulhorn, cuando el camino se hacía pesado por la nieve, cuando la pendiente era de dos digitos, cuando el sudor sobre las capas de suéteres (estábamos a -10 o algo así) hacía la vida del caminante incomoda, pasó por el lado un alemán en pantaloneta trotando, era el mismo que había visto un tiempo atrás desde el teleférico. Me preguntó el camino, pidió una foto, me contó que iba trotando hasta Interlaken y que venía desde Brienz, gritó Yuhu! y sigió corriendo.

Me pareció bacanísimo lo que el hombre estaba haciendo; y así, sin más ni más, decidí que iba a hacer lo mismo. Apenas se acabó el invierno comencé a trotar por primera vez en mi vida.

Las distancias, ridículas al principio (5-6km) comenzaron a aumentar con el pasar de las semanas y como lo habrán notado en este blog, intenté hacer la mayor cantidad posible de montañas.

Un día, hace dos meses, un compañero del trabajo, un bielorruso muy disciplinado, me comentó sobre una carrera en Weissenstein, un cerro al frente de Solothurn y, sin mucha necesidad de torearme, me convenció a inscribirme.

El trazado del Weissenstein

El perfil de la carrera

Hecho el pago, comenzó el entrenamiento en serio. La carrera era de tan solo 14 km, pero en esa distancia había que subir mas de mil metros. Dos o tres veces por semana (hasta cuatro o cinco en ciertas ocasiones) estuve entrenando muy juiciocito en Basel.

Me decidí a ir a Weissenstein para ver que era lo que se me venía encima y ¡Qué cosa más dura! ¡Casi me muero! Después de tanto entrenamiento, trotando lo que más pude, al llegar a la cima de la montaña no pude hacer menos de dos horas. Hice 2:28. Medio muerto, medio triste y medio desanimado volví a la ciudad para redefinir todos los entrenamientos, pues Basel es bien plana, así pues, debía comenzar a montar en bicicleta hasta Riehen y trotar de allí hasta Bettinger donde había una subida de 300 metros que debía subir y bajar varias veces para hacer una especie de entrenamiento de montaña. Dima, el bielorruso, me mostró los resultados de los años anteriores en esta carrera y el tiempo de los mejores se encontraban cerca de la hora. Eso no era ningún problema, Rambos y demás héroes atléticos por acá se encuentran por montones. Lo que realmente salió a relucir de este listado era el tiempo del peor del año anterior: 2:24 ¡4 minutos menos que mi primer intento! Más grave aún era que este personaje, el último del año pasado, un tal Willi, había nacido en 1947. ¡70 abriles en su haber! Mejor dicho, las posibilidades de pasar vergüenzas personales y dejar la autoestima en el suelo en esta carrera estaban bien, pero bien presentes.

No existe nadie más bien acondicionado físicamente que un retirado suizo. Tienen tiempo de sobra, plata de sobra y una mentalidad obsesionada con lo saludable que hace que, una vez pasada la etapa laboral, en vez de abrazar el alcoholismo, sentarse en alguna terraza a ver la gente pasar, sentarse en alguna mesa a hablar mierda, inventarse chismes sobre los demás y jugar dominó, entregarse al vicio del juego, bingo, lotería o casinos, en vez de dedicarse a las compras o buscarse algún rebuscado hobby, lo que hacen es comprarse una bicicleta (como son suizos) hacerse un plan de entrenamiento rígido, una dieta balanceada y se entregan con teutónico método a transformarse en unos gerontorambos. Cuando uno va en su bicicletica loma arriba, intentando con mucho esfuerzo alcanzar a un ciclista que 300 metros más adelante no baja el ritmo en ningún momento y, cuando por fin, después de un esfuerzo sobrehumano se acerca a este personaje, se encuentra frente a si a un hombre (o mujer) forrado en músculos, con todas las prendas de moda necesarias y la bicicleta con más carbono posible. Al pasársele, encontrará uno a un canoso pensionado proveniente de los tiempos de Matusalem.

Era contra estos personajes que debía medirme. La idea de la carrera cambió y la única intención de quien esto escribe fue no ser el último.

El entrenamiento se intensificó durante las cuatro semanas que me quedaban. Mi meta: acercarme a las dos horas. La última vez que entrené en Bettinger logré hacer tres veces la subida. Satisfecho decidí que lograría cumplir mi meta.

La carrera fue lanzada en tres tandas. Aunque habían categorías por edad, las tandas venían armadas por lo que el corredor creía que podía hacer, así pues, si uno creía que podía hacer el trayecto en algo cercano a una hora, salían primero. Los que calculaban 1:30 a 1:45 salian después y de último el resto, o sea yo, mis compañeros de trabajo y otras 200 personas de las cuales el 65% sobrepasaba las 50 primaveras.

En los videos que después vi, por los parlantes vecinos a la meta el micrófono gritaba: – ¡Aquí llega Ueli! ¡Este es su 27va vez en la carrera! ¡Hop, hop, Ueli! – Así, uno por uno, llegaban cabezas con pelo blanco hasta que apareció Dima en el video cruzando la meta.

No hay que decir mucho sobre mi carrera, ¡fue horrible! Uno iba trotando, veía a alguien más o menos al mismo ritmo – casi siempre con pelo blanco – y uno decía, me le pego a este y nos vamos juntos hasta arriba. Y no, con ese no se pudo. Escogía un nuevo compañero de ruta – también con canas – y no, con ese tampoco. Así, cambiando de referente cada medio kilómetro logré llegar batiendo mis propias predicciones por mucho. 1:45h. Diez minutos después de Dima.

Dos personajes nacidos en 1930 corrieron: uno la hizo 1:50, el otro en 2:20.

21 personajes nacidos en 1940 corrieron: de los cuales 7 fueron más rápidos que yo.

Mirar a quienes me rodean

Si mi vida fuera trabajar y después entrenarme, hasta podría ganarles, pero si acaso encuentro algún otro hobby o algo diferente que se tenga que alternarse con el tiempo dedicado al entrenamiento a los gerontorambos no les ganaría jamás. Entonces, la lección y moraleja de este texto es: cuando se vaya a hacer una carrera regional en Suiza, dejar por favor en casa la autoestima, orgullo y competitividad, serán necesarios para otras cosas de la vida y no vale la pena arriesgarlas por una carrera contra gerontorambos… ¡ellos ganarán!

geronto rambos comenzando

Foto aerea de nuestro sufrimiento

geronto rambo 1 (pasó 15 minutos antes que yo)

Geronto rambo 2, yo estoy en el fondo

Mirenle las piernas a la señora!

20 minutos antes que yo pasara

20 minutos ante que yo pasara

15 minutos antes de que yo pasara

Los tristes treintañeros que no tienen ni siquiera la juventud para restregar en la cara de los pensionados

Cómo todo esto sucedió en Solothurn, ciudad que he visitado ya 4 veces y en este blog no ha entrado, adjunto unas fotos de la ciudad. Queda en las orillas del Aare, en el cantón con el mismo nombre. Es bien bonita y por cosas de la vida, bastante costosa. Pongo fotos de invierno y verano.

Solothurn entre la niebla

Solothurn

Al lado del Weissenstein en invierno

La vista desde los morros en frente de Solothrun

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Öschinensee

Volviendo al tema del trekking esta vez volvemos a al cantón de Berna con los limites de Valais. Allí se ubica un pueblito llamado Kandersteg. Arriba del pueblo queda un lago llamado Öschinensee, ese es nuestro destino. Cómo todo trekking, aquí llamado wanderung, primero hay que tomar un tren. Este tren pasa por Berna, la capital, de ahí llega a Thun, a las orillas del lago que tiene el mismo nombre que es uno de Interlagos, (el que casi no se ve en las fotos del Rothorn), sin embargo no nos vamos tan lejos; a mitad del Thunersee (el lago), nos desviamos por un valle llamado Kandertal. (Thal es valle, Kander es un río/quebrada con ese nombre). El valle, como todo por estos lados, es bien bonito, rodeado de montañas nevadas arriba, los bosques en el medio y las vacas con sus campañas abajo. Por ahí pasa el tren, que sube zigzagueando por las montañas hasta que llega al Kandersteg (Kander, de la quebrada. Steg, vaya uno a saber que es). Kandersteg, es pequeño, turístico, aunque el turismo es más bien local y sobretodo familiar o joven, tipo boyscouts o algo así. A mi me tocó medio vacío – gracias a dios – así que feliz y dichoso – sin familias y sin niños – el ascenso comenzó por una calle del pueblo hasta llegar a una estación del teleférico. Si no lo había mencionado antes, pues lo hago ahora: es rara la montaña que no tenga su teleférico; en verano se usan por la vista que hay arriba, en invierno son para las pistas de esquí. En fin, desde la estación del teleférico en adelante el camino es en realidad un sendero que sube permanentemente siguiendo el curso de una quebrada llamada Öschibach, siendo bach, quebrada. Una vez arriba se llega a un lago completamente rodeado por montañas.

Pasada la tanda de fotos y el tiempo de descanso, el camino continúa por el lado del lago hasta llegar a un punto panorámico donde se ve el lago y las montañas que lo circundan. De ahí, el camino zigzaguea por el lado de una de las montañas hasta llegar a otra estación de teleférico en la que uno se monta para volver al pueblo.

El pueblo es bien bonito; tienesus restaurantes con comida típica suiza, rösti y cualquier cosa con queso fundido, así que no es que uno se queje; la comida es rica y como todo por acá, cara.

En resumen, el paseo toma unas 5 a 6 horas; en total se caminan 16 kilómetros y se suben 1200 metros.

El valle donde está Kandersteg

Un restaurante lo más de rico

Kandersteg

Kandersteg desde el camino

El camino en la parte asfaltada

El Öschinensee rodeado de montañas

El Öschinensee

Camino loma arriba

El lago desde arriba

La montaña de devuelta

Panorámica

El camino de subida desde el lago

El lago, la montaña y dos pinos

El lago, la montaña y dos pinos

El camino de devuelta

La estación de teleférico

Basler Rheinschwimmen

En los periódicos del metro aparece como el Basler Rheinschwimmen, que no es otra cosa que nadar en el Rin en la ciudad de Basilea. Eso no tiene nada de especial, pues una vez sale el sol y las aguas del río son de un frío tolerable, media ciudad se vuelca hacia el río; sea para asolearse, sea para nadar. El Basler Rheinschwimmen aparece en la prensa local, no porque es una actividad que se hace todo el año, sino que es un día en específico (ayer), el día oficial de nadar en el Rin. En esta ocasión media ciudad ya no se asolea sino que, en metódica procesión sale para el Rin a nadar aguas abajo.

Basilea es el último (o primer) puerto del Rin, así que el río tiene cargueros pasando todo el tiempo por la ciudad pero, como hace unos 20 años las aguas fueron limpiadas lo suficiente (como para uno ver peces en las orillas) la gente empezó a nadar. En vez de prohibir esto, lo que hicieron fue organizar el tráfico, por lo tanto los cargueros que van río abajo van por el lado de gross basel; los que van río arriba, van por el medio y, por el lado de klein basel, está el espacio para las canoas y nadadores. Vale la pena aclarar que las únicas canoas admitidas son las de los clubes oficiales de remo (que no usan un remo sino un garfio, y no aceptan nada que flote que no sea la tradicional canoa suiza: una scapha) y si acaso usted llega con un kayak propio, en cinco segundos la policía lo saca del agua con una linda multa en su haber.

Todo nadador lleva una mochila impermeable que flota y adentro contiene todos los objetos personales. Si acaso se desea flotar en un neumático o en uno de esos unicornios que están tan de moda, igual la policía aparecerá y la dicha acabará. La disculpa es la seguridad, pues el río es compartido con cargueros. La realidad es que sí, les preocupa la seguridad, pero también está el componente tradición, cosa bastante fuerte por estos lados. Es bien posible que la gente prefiera un kayak o un unicornio a remar con un tenedor una scapha, así que para protegerlas del tiempo, prohiben todo lo demás! En el Aar si se puede ir en botes inflables, ahí no se comparte el tráfico con ningún barco motorizado.

Gráfico para nadadores

Basel tiene cinco puentes. En el primero se encuentra el museo Tinguely. Bajo este hay una “playa”; es desde ahí que comienza el paseo náutico – la gente se puede tirar al río desde donde quiera, pero este es el punto de entrada de preferencia –, aunque el paseo de verdad comienza mucho antes. Lo que realmente se ve es una procesión de personas, en chanclas o muy vestidas, pero con su mochila impermeable al hombro, caminando por klein basel desde el oberer rheinweg hacia Tinguely. El camino es largo, unos 2 kilómetros, y digamos que comienza en una especie de rambla costanera desde el mittlerebrücke. Pasado Wettsteinbrücke se convierte en una acera con playas al lado del río, y, llegados a Roche (la farmacéutica), se convierte en un parque hasta llegar a Tinguely. Aquí todo el mundo se desviste, pone sus cosas en la mochila, la enrolla y se tira al agua, ojalá en grupos (casi siempre son combos de amigos o familias). En el caso de quien esto escribe, el proceso de entrar al agua lo hace a gritos, escándalo y juramentos de jamás volverlo a hacer porque el agua está friísima – es de notar que los nórdicos son completamente insensibles al frío; cuando el agua es tolerable, se quejan porque no refresca!

“Rambla” al lado del Mittlerebrucke

Camino por Wettstein

Camino por Roche

Cafetería de Tinguely y acceso a la playa

Gente cambiándose y metiéndose al agua en la playa de Tinguely

Una vez en el agua, hay dos posiciones a tomar: abrazar la mochila flotante o dejarla flotar al lado y, con nadadito de perro, flotar todo el trayecto. La gran mayoría de gente se va hasta los alrededores del mittlere brücke, porque se pueden asolear un rato y volver a Tinguely. Otro tanto se va hasta las ramblas entre el Mittlerebrücke y el Johannitebrücke porque es donde más se asolean, están las más bonitas con los bikinis más pequeños. Los restantes siguen hasta el Dreirosenbrücke que también tiene sus ramblas retaqueadas pero normalmente es de gente que va directamente hacia ellas a pie o en bicicleta, pero no nadando; porque desde el schwarzwaldbrücke (el de Tinguely) hasta el Dreirosenbrücke son tres kilómetros los que hay que nadar – flotar – y eso no es para todo el mundo.

Cómo ayer era un día especial, la cantidad de gente nadando era extraordinaria. Hace dos semanas, cuando el que era extraordinario era el calor, también se veía mucha gente (sobretodo en las playas), pero normalmente lo que se ven son grupos, aquí o allá, nadando por el río sin mucho escándalo. En los puentes de la ciudad siempre hay turistas tomándole fotos a los nadadores.

El puente que se ve, es el Schwarzwaldbrucke. Entre la torre de Roche y el puente está Tinguely y su playa.

A la izquierda las playas de Wettstein

El Mittlerebrucke

Wettsteinbrucke al fondo. Las “ramblas” a la izquierda

Las playas al lado del Mittlerebrucke (no son playas)

Las playas del Johanitebrucke (no son playas)

Grosser Mythen

Detrás de Schwyz, el pueblo (ciudad aquí) que le da el nombre al país, hay un par de cerros llamado die Mythen, los mitos. Son dos, el Grosser Mythen, el gran mito y, dado el nombre del primero, es obvio que si hay uno grande, tiene que haber uno pequeño, claro, el Kleiner Mythen. Ambos cerros son básicamente un par de rocas que separan a Schwyz, la ciudad, de un valle llamado con el poco original Alpthal, es decir, valle alpino. Este valle desciende hacia el Zürichersee siguiendo un río llamado Alp, de ahí el nombre del valle. En fin, este valle no es importante para el relato. Lo importante queda al otro lado del los Mythen, es decir, en el cantón de Schwyz: el paseo comienza en la estación de trenes de Schwyz que de hecho no queda en Schwyz, porque siendo la capital del cantón, un pueblo tan pequeño, el tren, así, sin más ni más (para no desviarlo), se detiene en un pueblo cercano llamado Seewen. La idea era subir al Grosser Mythen y volver a bajar por el Kleiner Mythen, la realidad indicaba que el camino se haría andando porque la hora en que había llegado era pasada mediodía; bastante tarde para este tipo de caminadas (me enfiesté la noche anterior y casi no me despierto).

El camino comienza por una acera ancha y cómoda: desde Seewen hasta Schwyz no hay nada de aventura en el camino. Una vez en Schwyz, puede uno echar una miradita al pueblo; es bastante bonito. Tiene una plaza principal, sin carretera definida donde los carros pasan y uno no sabe muy bien en que lugar se puede caminar y en cual no (en el país de las normas, el recién llegado sufre un lavado cerebral y comienza a mirar avisos, letreros y advertencias en todo lado y cuando no las ve, se siente inseguro sobre si lo que hace en el momento está permitido o no).

Una vez se acaba la ciudad, el camino que sube al Grosser Mythen se mete por unas fincas y bastante rápido se convierte en sendero para rezanderos dentro del bosque(están las doce estaciones de la biblia en la parte más empinada para que los penitentes penen). La doceava estación termina pero el bosque continúa, el camino también, por ambos debe seguir uno hasta llegar a una pradera que bordea los muros de piedra del Grosser Mythen. La subida es bastante pendiente y para esto momento ya está uno cansado. Arriba, al final de la pradera se encuentra la infaltable estación de teleférico que decora todas las cumbres suizas, aunque en esta ocasión no es la verdadera cumbre, el Grosser Mythen, sino una más baja pues a esta montaña solo se puede llegar a pie.

Pasada la estación, el sendero cambia de empinado a empinadísimo y de pradera a piedra; es la roca en si la que se comienza a subir. Cuando el camino es muy pendiente y se está muy al borde del abismo, hay unas cadenas que uno puede agarrar para no caerse (hay bastantes recomendaciones abajo sobre que tipo de calzado llevar, como amarrar los niños a uno, advertencias sobre el riesgo que toma el caminante al tomar este camino y si uno se mata o queda herido, el estado suizo no pagará ni un solo franco, etc). No es un camino para los que sufren de vértigo y los que tengan mal estado físico. Es empinado, angosto, con una roca a un lado, abismo al otro, y en algunos casos, abismos a ambos lados.
En la cumbre hay un restaurante, batí en este caso un récord, subí durante tres horas y estuve en la cumbre tres minutos! Hacía frío, ya estaba tarde y ya sabía yo que al Kleiner Mythen no había tiempo así que tenía que correr para tomar el último teleférico y comenzar un lento camino de regreso vía Zurich. Bajé a mil, y encontré el teleférico cerrado. Me tocó entonces correr loma abajo  (por el Alpthal) y llegué a Brunni literalmente en el segundo que el bus arrancaba. Este bus me llevó a Einsiedln, de ahí me tocó tomar un tren regional a Richterwil, cambio de tren, otro para Zurich y de Zurich para Basel. Regreso largo para un dolorido, deshidratado y doloriento pasajero.

Los dos Mythen desde Schwyz

Placita de Schwyz

Plaza principal de Schwyz

El Grosser Mythen desde la plaza principal

Pinturas de las casas

Comienzo del sendero

Camino empinado de piedra

Sendero donde no es buena idea resbalarse

Panorámica con los alpes detrás

Camino hacia la cumbre

Vista

Vista del infaltable vierwaldstätersee y el Lauerzersee

Panorámica desde arriba

Caminito con abismo a ambos lados

Vista del camino y el Alpthal

Etna

Los posts sicilianos terminan hoy, con el destino que fue visitado en el último día del paseo: el famoso volcán Etna. Este volcán, al pie de Catania, tiene 3350 metros de altitud; para nosotros eso no es nada; para los estándares europeos es un montón. Para llegar hasta aquí hay que cruzar Catania completa por vías bastante estrechas cosa que puede perfectamente tomarse más de una hora. Después hay que moverse entre poblaciones que ya uno no sabe si son parte de la Catania metropolitana o son simples pueblos, pero una vez se llega a uno llamado Nicolosi, la vía etnea comienza a treparse por la montaña hasta que, no siendo más, un parqueadero lleno de buses turísticos indican que el camino se ha terminado: hemos llegado.

El volcán tiene varios cráteres repartidos por la cumbre y, cosa curiosa, el más cercano a los parqueaderos es precisamente el responsable de la última erupción: sucedida en el 2001, dañó la carretera, quemó algunas casas y hoteles montaña abajo y forzó al desalojo de otras tantas.

Los cráteres, en sí, son medio especiales. Digo medio especiales porque una vez visto el primero, se habrá visto los demás; son todos más o menos la misma cosa. Lo que uno, como turista puede hacer, es caminarlos para arriba y para abajo hasta que los quejidos por el calor sobrepasen los deseos de tomar fotos y ahí, ahí mismo es que uno se baja la montaña para volver al parqueadero y poder deslumbrarse con la formación que la última erupción produjo: una nueva grotta. Las grottas son cuevas (grutas) que en Sicilia son destinadas para motivos religiosos cristianos, en el Ticino son restaurantes y tratorías y me imagino que en otros lugares otros destinos les darán. En fin, volvamos al Etna: en la erupción del 2001, la lava produjo de manera natural, lease bien, natural, una cueva lo más de convenientemente ubicada; justo al lado del restaurante que más utilizarán los turistas extranjeros pues el parqueadero de buses queda directamente al frente. Durante la erupción, de alguna manera las rocas se juntaron creando un patrón ordenado que al acumularse formó un corredor. En la parte inferior la lava formó un material parecido al cemento que, bajo repetidos ires y venires, calentándose y enfriándose, creó, de manera fortuita, unas especies de escaleras con simetría casi humana y huellas y contrahuellas de dimensiones áureas, milagrosamente exactas para que futuros asombrados turistas pudieran recorrer la grotta sin riesgo.  La grotta es tan especial, que un ojo no entrenado podría confundirlas con una obra realizada por humanos, pero, esta es la verdadera gracia de esta grotta: es completamente natural! Por el momento los habitantes de la zona, o el dueño del restaurante, han dejado dentro ciertas herramientas y utensilios de construcción, que no tienen nada que ver con la formación natural de la grotta; son simples cosas que han dejado allí debido a la falta de algún lugar de almacenamiento, pero, esto es seguro, una vez encuentren donde dejar estas herramientas y la grotta natural pueda ser exhibida como debe ser, crearán una taquilla para que los turistas interesados paguen por el privilegio de ver lo que la sabia naturaleza puede hacer!

Entrada para la Grotta Naturale

Muros y vírgenes de la grotta naturale

 

Herramientas y utensilios que NO fueron utilizados para la formación de la grotta naturale puesto que fue la madre naturaleza misma quien la creó!

Los cráteres del 2001 uno quedan a 25 minutos si le creemos al letrero blanco.

Los cráteres del 2001 uno quedan a 20 minutos si le creemos al letrero ex-amarillo.

Ambos lograron cometer el mismo error ortográfico y ambos lo corrigieron de la misma manera: tapándolo.

Visitate i crateri ha 25 minuti

Visitate i crateri del 2001 ha 20 minuti

El refugio Sapienza, el chalet principal para visitar el parque

Gente en el fondo de un mini cráter

Crater al lado del parqueadero y buena vista de Catania

Otro cráter

Vista del etna y sus cráteres

Diferentes colores

Cráteres y carreteritas en el Etna

Cráter y Catania desde otra perspectiva

Más cráteres y carreteras

Más de lo mismo

Crater del 2001 con gente caminando por el borde

Messina

Dice Wikipedia que la historia del fantasma de la opera sucede en la opera de Paris. Ahí, Erik, el fantasma, compositor y villano de la historia, ayuda a Christine a subir escaños en la jerarquía operística cometiendo crímenes y componiendo operas. Erik, deforme facial como el que más, esconde su rostro bajo una máscara. Cuando hay opera aparece en escena con la máscara puesta; cuando no hay, se esconde en el interior del edificio para componer música, planear atentados y esto me imagino yo, soñar cosas sucias con Christine y quejarse de su soledad y mala suerte en la vida. Lo entiendo, si uno tiene una cara tan deforme que asusta a la gente, es posible que no le apetezca salir a la rue Montparnasse a pavonearse; Paris es muy cosmopolita, está retaqueada de gente. Lo único que conseguirá alguien caminando enmascarado por la calle serán muchas miradas y quien quita, pánico por confundirlo con un terrorista o risas por considerarlo un loco bufón. En fin, Erik bien hace en esconderse; en la época que el libro se escribió no estaba de moda el cuentico de que uno es lindo por dentro, uno es especial solo por ser y mucho menos a él, su madre le dijo que apenas la gente viera de lo que era capaz, lo admirarían y hasta los bullies le pedirían perdón y después el autógrafo. No. Eso no pasaba, ni pasa ahora; solo son cuentos para aplacar la tristeza de los abusados dándoles un poquito de esperanza para el futuro. Si acaso a Erik le hubieran dado ganas de un kebab, se lo habría que haber cocinado él mismo. Si quería ver el eclipse lunar, se lo tendría que haber imaginado. Si deseaba ir a una disco para conseguirse una chica, debía pintarla en algún papel y masturbarse solo con su imagen (me imagino que con el tiempo las capacidad de representación pictóricas aumentaran enormemente según el crecimiento hormonal). Su vida era solitaria y seguiría siéndolo por siempre, sin embargo, el hecho que fuera sea feo, no tuviera amigos y la gente quiera evitarlo no quería decir que debía quedarse encerrado día y noche. Bien puede ser uno miserable, depresivo y acomplejado con un poco de aire puro, con un poco de luz del sol o bañado por la luna. En fin, si acaso existe entre los lectores alguno que se indentifique con Erik y desea salir de su cueva, he encontrado el lugar perfecto para pasearse sin que nadie lo vea, nadie lo moleste y nadie lo juzgue: Messina un domingo!

Hemos viajado a la ciudad de Vicenzo Nibali y aparte de la linda arquitectura no hemos visto nada, ni un ser humano, ni un carro… a duras penas encontramos donde comer algo!

Vale la pena aclarar que el motoneto esta ciudad ya la había visitado en el pasado y bastante le había gustado y por eso la había promocionado hasta el cansancio. Lamentablemente, visitarla un domingo es un error. Está muerta, tan muerta que el fantasma de la opera se podría pasear sin máscara, o en pelota si así lo decidiera y nadie lo miraría!

El estrecho de Messina. Reggio Calabria al fondo.

El Duomo

La torre del Duomo

El único restaurante abierto en la ciudad

Notar la cantidad de gente en las calles (y en las fotos anteriores)

Vía sin nada ni nadie

Brienzer Rothorn

Por fin, con cámara de fotos portátil (que no es mi celular barato) pude hacer un trecking como debe ser: con evidencia! El destino fue el Brienzer Rothorn. Tiene doble nombre porque algún otro Rothorn debe haber, así, este, el de Brienz, es al que vamos. Lo gracioso del caso es que Brienz y su lago, el Brienzersee (el mismo que sale de Interlaken) no los vamos a tocar en ningún momento del paseo; pues es por detrás que a esta montaña llegamos: un pueblo llamado Sörenberg. Suena noruego, pero es suizo. A este pueblo solo se llega en un bus de la Post. Un sistema de bus que solo da pérdidas económicas pero que son necesarios para el transporte hacia los pueblos donde los habitantes son tan pocos, que poner un tren no es rentable.

La ruta es llamada Steinbockweg y teóricamente es una ruta alpina donde se pueden encontrar Steinböcken (unas cabras de los alpes con cuernos largos). Animal que he tratado de encontrar, sin éxito, en muchas de las rutas ya realizadas.

Cómo ya sabíamos que iba a llover por la tarde, nos brincamos el principio, tomamos una góndola y desde Rossweid comenzamos la ascensión. En algún punto, la subida se volvió durísima y, obligado a ayudarme con las manos, comencé un ascenso de unos 800 metros que le saca la leche al más guapo (pendientes de 50%). El ascenso toma unas 3 horas y termina en la cuchilla de una montaña que, hacia un lado muestra panorámicas del Brienzersee, Interlaken y alrededores, con las montañas desde Gotthard hasta Bluemisalp con el Eiger, Monch y el Jungfrau incluido; hacia el otro lado, se ve todo el valle de Sörenberg y otras montañas a las que no me les sé el nombre.

Por esta cresta se debe caminar (da vertigo y todo) hasta llegar al Rothorn (el cuerno rojo).

Todo horn es una cumbre rocosa siempre con una antena, un restaurante y una estación de tren o teleférico. Este tiene ambas. Desde Brienz se puede llegar en funicular; desde Sörenberg se llega con teleférico. En estos vehículos llegan los grupos de chinos y demás turistas a tomar fotos del paisaje para, dos horas después, bajar hacia alguna ciudad/pueblo. Nosotros nos quedamos pues el restaurante también es hotel y hostal al mismo tiempo. Cómo el día es el primero de agosto, la fiesta nacional suiza, hay una cena en el restaurante dónde al ritmo de folk suizo tocado con organeta, contrabajo y dos acordeones (no es bueno) y comida típica suiza, se puede ver al atardecer con una vista panorámica de 360 grados. Ah, por la noche el famoso Steinbock se hizo ver y, pastando bajo el restaurante, una mísera y mala foto le pude tomar.

Empezando el camino

Comienza a subir un poco

Ovejas resguardándose del sol

Una de las partes que es durísima

Camino sobre la cresta

Estación de funicular. Al fondo el Rothorn

Atardecer alpino

Un Steinbock

Eiger, Monch y el Jungfraujoch (y gente tomándoles fotos)

La banda de folk se fue a ver el atardacer

El siguiente día, fue el del descenso. Strava dijo que eran 20 kilómetros, pero la verdad es que son menos. Igual lo que importa es que toma el día entero y llega uno a Sörenberg medio muerto, con sed y dolor de pies, más depresión, pues el viajero que vive en Basel, necesita aún unas 3 o más horas para llegar a la casita!

El descenso comienza por las mismas crestas que dan vértigo y se siguen viendo los mismos paisajes. Todo es lindísimo. Se baja el Rothorn y se sube el (otro pico) y por el zwischenegg se pasa por el Höch Gumme para terminar en un restaurante con buena vista llamado Bärghuis Schönbüel. Desde esta casa se deja la cresta rocosa y se adentra uno a los bosques, todo en bajada, después se pasan por unas praderas, después otros bosques para terminar a lo largo de una quebrada en tierras pantanosas. Aquí la llaman Moor.

Siguiendo la quebrada, unos 3 kilómetros después llegamos al puesto del Post de Sörenberg, para comenzar el retorno.

Interlaken al fondo y el Brienzersee abajo

Vista panorámica desde el Rothorn

Vaca suiza con su campanita (es una crueldad)

El Eisee

El camino, por un lado vista de lagos, por el otro, un valle

Rothorn al fondo. El camino caminado

El camino por caminar

Un pedazo de hielo que inexplicablemente se niega a derretirse a 20-30 grados!

Señalización montañesa

Descenso al valle de Sörenberg

Caminito por las praderas

Caminito por el bosque

Caminito por el pantano (Moor)

Taormina

El lugar es una terraza para millonarios, la del hotel Metropol, con vista a la bahía bajo el pueblo de Taormina. El testigo de todo esto, o sea, yo, no es millonario, así pues, no le queda de otra que tomarse lo único que su dinero puede comprar: un capuccino. Mis vecinos no tienen esas limitantes monetarias; champagne, whiskey y demás corren constantemente por las mesas, atendidos por elegantes y educados meseros. Cada mesa cuenta una historia diferente. Atrás, un americano de unos 70 años se fuma un puro gigantesco que pasa con un whiskey en pose interesante / despreocupada tipo Winston Churchill fumándose un puro en una terraza italiana. Nuestro hombre parece pensativo, aunque un ojo más perspicaz diría que lo que hace, es simplemente mirar la nada mientras sus pensamientos se ahogan en un mar de tedio. Más adelante tenemos a una turista india con solo mirar vestido, chanclas, cartera, gafas y sobre todo, pose, sabe uno que probablemente después de depositar rosas, se limpia sus sentaderas con billetes nuevos de 500 euros. Ella, quien al parecer espera a alguien, se concentra en su celular (dorado) e ignora por completo el lindo mediterráneo que de tanto haberlo visto, ya ni le interesa.

Al lado nuestro, cortando un poco la vista al mar, tenemos a un capo medio de la ndrangheta o de la mafia siciliana. Se encuentra acompañado por una mujer con buen cuerpito pero con una cara que denota su antigua profesión: prostituta. Una muy suertuda, aclaro; logró pescar un capo y hacerlo enamorar, ahora ella, con chanclas doradas, un vestido feo que habrá costado una verdadera fortuna y su bolsito Louis Vuitton y él, con su cadenota de oro, reloj rolex blink blink, pelean con los cubiertos para comerse yo-no-se-qué que está en la mesa, pasándolo con la champagne más cara que el hotel pueda servir. Champagne pasada, él, con un habano solo para aparentar, ella, con un piel roja sin filtro, para fumárselo de verdad, verdad.

Atrás nuestro, la última escena: tenemos a un empresario muy elegante acompañado de una señorita, hablan inglés porque ella no parece dominar el italiano. Así, a simple vista, se dirá que ella es una practicante en la compañía del empresario.

Me acuerdo de mis días de juventud, yendo con mis amigos a un local en Envigado llamado El Sombrero. Este lugar era oscuro, con sillas incómodas, como le gustan a los paisas de verdad, verdad. La decoración de los muros, si no me acuerdo mal, constaba de cuadros con escenas paisas pintadas con pintura fluorescente que se veía lo más de especial cuando era confrontada por esta luz negra típica de las discotecas. Al lado nuestro, realizada bajo esta misma técnica pictórica, siempre estaba un corcel relinchando en dos patas, montado por un caballero imponente que blandía su espada y se protegía del monstruo, dragón o lo que fuera, con el escudo del poderoso deportivo independiente Medellín. Lo importante de este lugar para nosotros, era que la cerveza, el aguardiente y sobretodo el ron, era muy barato. Para muchos visitantes de este local, lo más importante era la oscuridad que cubría a la clientela y más aún, lo poco frecuentado que era por gente conocida. Esta característica se subrayaba en el día más importante para los empresarios: el día de la secretaria. Acudían al sombrero los dueños o gerentes de las empresas con sus secretarias para emborracharlas, suavizarlas para poder llevarlas a algún motel envigadeño y anotarse en su hoja de vida una victoria de la cual no podían pavonearse, la idea era que nadie lo supiera. Las secretarias, por su cuenta, acudían al Sombrero con su jefe para emborracharlos, suavizarlos para podérselos llevar a algún motel envigadeño y con suerte quedar preñadas para que todo el mundo lo supiera y alguna parte de la fortuna del hombre pasara a sus manos.

Volvamos a la isla de Sicilia y nuestra pareja de empresario y practicante: imagínense eso, pero un poco (mucho) más elegante que El Sombrero, estamos en el hotel Metropol de Taormina, tenemos a un elegante empresario italiano y a una bien educada practicante inglesa!

Llega a la terraza una señora de edad atiborrada de  bolsas de compras, todas con nombres de marcas conocidas por su precio. Se dirige directamente hacia nuestro Winston Churchill. Ya sabemos que pasaba por la mente de nuestro aburrido americano: creativos planes de asesinato para salir de su mujer y pasar sus últimos días en paz en alguna carcel italiana!

Entra también otra dama, en este caso mucho más joven. Ataviada de un vestido “oriental” muy elegante, corre directamente hacia la hindú, se saludan efusivamente en un inglés que solo Eton puede producir, pide un vasito de agua y al igual que su amiga se pega a la pantalla de su celular para seguir castigando al pobre mediterráneo con el látigo de la indiferencia.

El capo medio de la Ndrangheta y su novia piden otra botella de champagne. Le indican al mesero que la más cara por favor.

Nuestro empresario y la practicante piden la cuenta. Paga él. Salen muy abrazaditos para… no voy a decir un motel envigadeño, no. Salen para su elegante villa a copular como también lo hacen los empresarios antioqueños con sus secretarias.

Por último quedamos nosotros: el dinero del día solo da para el capuccino que hace mucho se ha acabado. Pedimos la cuenta, hacemos un minuto de silencio en honor a nuestra billetera y salimos con la consciencia tranquila de que por lo menos el costoso capuccino ha sido meado en un lujoso orinal con vista al mar.

Costoso capuccino, con inglesa amiga de hindu a la derecha. Las tetas de la novia del capo a la izquierda

 

Cómo ya lo dije en entradas anteriores. Las pruebas fotográficas de la visita a Sicilia sobresalen por su minimalismo (3 o 4 por ciudad!)

Calles de Taormina inundadas de turistas

La misma calle pero un poquito más allacito

Vieja iglesia

Siracusa

Siracusa es una ciudad viejísima; de los verdaderos años de upa. La ciudad era importante desde los tiempos griegos. Este es un dato importante sobre una ciudad, visitada hace muchísimos años, que, al igual que en ese entonces, las pruebas fotográficas se hicieron notar por su ausencia. Si en la entrada anterior dije que había borrado las fotos de Sicilia por accidente de la cámara, entre ese post y este me han comunicado que no fue así, no pude haber borrado las fotos de la cámara por accidente porque no la llevé; es decir, las tres tristes fotos que quedaron de mi celular fueron de verdad las pocas imágenes que tomé de la linda isla y ente caso, la vieja e importante ciudad. Pero, haciendo honor a la verdad, aquí la ciudad poco importa para este relato. Vengo aquí para hablarles sobre un risotto, un risotto tan rico que me lo comí arrocito por arrocito hasta que no encontrando más en el plato, me tocó aceptar la triste realidad de ese día, el plato más rico comido en mi vida se había acabado.
Les cuento de entrada que no le tomé ninguna foto al risotto del que hablo porque normalmente no le tomo fotos a la comida, no tengo cuenta de instagram y este es un blog de viajes, no de almuerzos; a nadie le interesa saber que como, a menos que sea el risotto más rico de mi vida y yo me tome el esfuerzo de escribir algo sobre él, cosa que sucede en este caso, entonces a todos ustedes les tiene que interesar. El risotto alla marinara era caro, pequeño y, donde me lo comí, quedaba en una esquina en el lado de la peninsula donde no había ningún restaurante, aparte de este – eso lo vinimos a descubrir una vez llegamos al otro lado donde habían mil terrazas y comederos – en fin, la plaza de este restaurante constaba de un parqueadero de cuatro plazas con cinco carros, todos muy bien parqueados para impedir la vista del mar. Entre los carros y el restaurante había una terraza con cinco o seis mesas y la única libre estaba al lado de una rejilla que, si cesaba el viento, olía a alcantarilla (con pescado).
Al lado nuestro, un grupo de italianos se comían unos postres (después de haber pasado por el antipasti, primo y secondo), postres muy decorados de tamaño minúsculo y precio mayúsculo que debían saber muy bueno porque todos los de la mesa comentaban sobre ellos haciendo caras muy elocuentes sobre los efectos positivos de su sabor. Yo en cambio, miraba lo pequeñitos que eran y me imaginaba el tamaño del risotto que había pedido: tenía mucha hambre y no tenía ganas de recibir una bolita de arroz metida en un plato gigantesco con delicados dibujitos de salsa que tanto gustan en los restaurantes fusión y tanto odian los comensales con hambre. Eso recibí!
La cara de tristeza y hambre la debió haber visto la terraza entera; lo que los testigos no veían era el tren de pensamientos que surcaban mi cerebro… en un vagón de ese tren llego una pieza de información sobre nutrición, que decía más o menos así: si uno mastica 20 veces un bocado, al final se sentirá satisfecho con menos comida. Masticar 20 veces me es imposible, ni siquiera una carne quemada se mastica tantas veces, así que me dije, pues me como arrocito por arrocito y así, de pronto, engaño el estómago y me lleno! Eso hice!
Con lo que no contaba era que este era el risotto más bueno jamás cocinado y fue comido grano por grano, no para engañar al estomago sino con la intención de que durara lo más posible. Al final mirando con terror el plato casi vacío, me comí los últimos granos y de pronto me vi satisfecho y feliz: – Venga! quizás la teoría de las mil masticadas tenga algo de razón. La próxima vez que haga una dieta, me como en todas las comidas un poquito de cuscús grano por grano y verán lo feliz y lleno que seré!

La ciudad nueva (que parece vieja)

Ruinas griegas

Callejuelas de siracusa

Aviso para los incivilizados

Siracusa, el lado sin restaurantes

El lado sin restaurantes visto desde la punta

El lado con restaurantes

Catania

Justo antes de la entrada de la estación de buses de Catania se encontraba un hombre dirigiendo el tráfico. A esta estación de buses, ubicada al lado del puerto, se puede acceder después de girar por un extraño round point y, pasando unos 100 metros al lado de las murallas de la ciudad, se llega a la portería de la estación propiamente dicha. Pues bien, el hombre que dirigía el tráfico se encontraba a la salida del round point con la muralla. Él, vestido de civil, cumplía con las funciones de la policía. Habían policías en las cercanías; sí, dos de ellos para ser exactos. Recostados contra su carro, al lado de la portería de la estación, miraban con indiferencia el más allá y, de vez en cuando, al hombre que dirigía el tráfico con tanta diligencia. Muy posiblemente este pseudo-agente de tráfico fue puesto en ese lugar por alguno de los dos agentes de seguridad ciudadana recostados en el carro. En fin, la función del pseudo agente consistía en impedir el ingreso de los buses cargados de turistas al sitio donde debían ser descargados. Vale la pena aclarar al lector que Sicilia es una isla muy turística y que Catania es su puerta de entrada. Se podrán imaginar la cantidad de buses que llegaban justo a 100 metros de su destino para ser rechazados de inmediato por un hombre parado en la mitad de la calle. Las conversaciones entre conductores y ayudantes de bus con el agente de última hora eran hechos por señas, bastante elocuentes, por parte de los interesados en ingresar y, a viva voz, o gritos ḿas bien, rechazados por el hombre del round point.
La conversación atestiguada por el motoneto giró bajo estos términos.
– Amigazo, quitate del medio que vamos para la estación.
– No pueden.
– Mirá que somos un bus. Eso que está detrás de vos es una estación de buses. Es más, la única de la ciudad. No solo eso, por ley debemos desembarcar a nuestros pasajeros, ahí, solo ahí, justo el lugar al cual vos nos impedís ingresar.
Es apenas obvio que el pseudo agente no les comprendía, ellos se comunicaban por señas y el nivel de detalle que estas pueden describir – así sean señas italianas – tienen serias limitantes a la hora añadir sutiles argumentos para soportar las intenciones de la primera construcción gramatical.
– No me importan sus razones, – Contestó él –. No pueden pasar.
– ¿Entonces que mierdas hacemos?
– Dele tres vueltas al round point.
– ¿Qué?
– ¡Que le dé tres vueltas al round point!
– ¿Que, qué?
– ¡Tres vueltas!
– ¿Nos está hablando usted en serio? ¡No ve que tenemos que dejar a estos gringos ahí!
– No me importa los que ustedes quieren, mucho menos los gringos. ¡De acá no se pasa y punto! ¡Acaso parezco un pintado en la pared! ¿Cree que soy un idiota? ¡No, no, no y no! ¡Tres vueltas al round point y punto final!
Es apenas obvio que el conductor y ayudante no podían comprender estas palabras, estaban protegidos de ellas por el notorio ruido del round point, el grueso vidrio del bus y el poco sentido de la idea que transmitían – ¿Qué? – volvieron a preguntar.
– #%&”#%#%&!!!! – se dejó de entender lo que el pseudo agente pretendía, pero dada las dimensiones de su pataleta y lo gráfico de ella, al conductor no le quedó de otra que volver a ingresar al round point para girar unas tres veces (si no había entendido mal), para después volver a tener una conversación con el hombre y ver si ya podía ingresar.
El round point tenía permanentemente unos seis o siete buses dando las reglamentarias tres vueltas, mientras los conductores de los carros particulares manoteaban y maldecían sus propias vidas por encontrarse en un punto súbitamente abarrotado por buses dando vueltas sin sentido, impidiéndoles su libre locomoción.
Cuando un bus completaba sus tres vueltas el hombre los dejaba pasar. Si por alguna razón se juntaban dos buses al mismo tiempo después de haber cumplido el triple giro, el estresado hombre pedía consejo a gritos a los policías y estos, invariablemente, hacían una seña afirmativa. La verdad, les importaba un comino lo que pasara, se encontraban muy entretenidos con su propia conversación.
La razón para este embotellamiento sin sentido, era un carro de un VIP parqueado a la entrada de la estación, vacío, y protegido por los conversadores policías, que cogieron al primero que vieron y lo mandaron a impedir el tráfico porque, tan latino esto, cuando hay alguien importante en las cercanías, todo el mundo debe sufrir. Bueno, no todos, los testigos de las manoteadas comunicativas se divirtieron de lo lindo (y eso que al bus que esperaban, el del aeropuerto, no lo dejarían pasar así sea una línea fija de la ciudad)

Fotos de la ciudad son pocas (y de Sicilia también)… por accidente borré las fotos de la cámara y ahora solo me quedan las del celular!

Via Antonino de San Giuliano
Piazza del Duomo
La Opera
Un corredor

Gèneve

Genf, en aleman, Ginebra en español. Hablamos siempre de la misma ciudad. La que contiene la mitad de las instituciones de la ONU; la que es la meca de los físicos teóricos y prácticos debido a su kilométrico CERN; la que está llena de jeques árabes con sus Ferraris dorados; la que está llena de millonarios de todo tipo con su Ferraris rojos; la que habla francés, en vez de alemán; la capital de la Romandie, la République de Gèneve. Es una ciudad bastante bonita y entretenida. Queda a las orillas del lago Leman, un alto en el camino para el Ródano antes de entrar hacia tierras francesas y su destino final, el Mediterraneo. Detrás, en vez de lago, lo que circunda a la ciudad son los montes Jura, por un lado; por el otro va un pequeño valle, el del Ródano que es limitado por los primeros montículos de los Alpes. Desde el lago se puede ver el Matterhorn (la montaña del logo de Alpina) y creo, el mont Blanc, de eso no estoy seguro, solo vi uno de ellos.

Viendo la foto, ahora creo que es el Mont Blanc el que se ve y no el Matterhorn

En el lago, la atracción, aparte del lago en sí, es una fuente que tira agua para arriba desde un muelle; un lugar ideal para que los niños se vayan a mojar con la ropa puesta, para después llorar porque se les mojó el celular. La ciudad también ofrece muchas excursiones a los Alpes y al Jura, aunque todos paseos se realizan en Francia, ya que Ginebra es la puntica de la puntica de Suiza, tres cuartas partes de la ciudad están bordeadas por localidades francesas.
Adentro, en la ciudad misma, se pueden encontrar todas las instituciones de la ONU, a las cuales uno no puede entrar (y que posiblemente no haya mucho para ver – aparte de arquitectura moderna). Lo mismo cuenta para el CERN; hay una estación de tranvía que lo lleva a uno hasta allí, pero de la portería no se va a pasar. Queda entonces el centro de la ciudad con su parte moderna y su ciudad vieja. La parte moderna (y la vieja) tienen comercio solo para millonarios. La tiendas son de Louis Vuiton, Hermes y Gucci para arriba. Los precios llegan a niveles tan absurdos, que se exhibe como una ganga una pantaloneta para piscina de niño que cuesta tan solo 110 francos, unos 320.000 pesos colombianos; la de adulto cuesta 700.000 pesos. Lo que sigue aplica para la suiza entera: si una tienda exhibe los precios en la vitrina, es porque es barata. Si los productos exhibidos no tienen precio, es que son para clientela que no se preocupa por esas nimiedades. Basta aclarar que pocos son negocios muestran los precios en Ginebra.

Pantalonetas Económicas; tienen precio (abajo-izq), US$240 y 110

La ciudad moderna es muy bonita y muy ambientada: tiene este desorden francés que añora cualquiera que esté asentado en una ciudad de la suiza alemana. La gente es más ruidosa y además, mucho mas variada; la Romandie es más liberal en cuanto a migración y demás temas que la suiza alemana; ni que decir de la italiana (esos son los cavernícolas politicos del país).
El centro histórico es bonito también. No es tan especial como el de Zürich pero está bien y tiene unas buenas terrazas donde se puede ver parte de la ciudad.
Cómo último comentario, yo personalmente estoy armando un índice económico, el DKI (Dönner Kebab Index) para medir los precios de las ciudades y por ahora Ginebra ha batido el record! Dönner Kebab en Basel => 9 CHF, Zürich => 11 CHF, Ginebra => 14 CHF!!! Es posible que lo haya comprado en un avenida muy principal, pero 14CHF sigue siendo una barbaridad!

Moderna arquitectura
Turistas en la portada de la ONU
Un chino posando al lado de una silla
Restaurante titino
La famosa fuente vista desde las orilla del Ródano
El Ródano visto desde una vitrina
El Ródano visto desde un puente
Lujosas tiendas en la rue de la Croix d’Or
Quai Gustave Ador y un pato
El Jet D’eau, la famosa fuente
Balcones desde la ciudad vieja
La ciudad vieja
Placita en la ciudad vieja
Mirador en la ciudad vieja
Rue de Lausanne

Lucerna – Basilea

Etapa de 114 kilómetros en 5h20, relativamente plana, solo 1100 metros de elevación, sin embargo, me dio duuuro!

Por alguna razón, la salida de Lucerna fue bastante dura. Como dicen los ciclistas, no tenía piernas! La salida de la ciudad incluía subir un cerro para nada especial, pero a duras penas lo podía subir. De allí el camino se adentró por un bosque para terminar en una zona rural del cantón de lucerna donde me empecé a preguntar porqué diablos estaba haciendo esa ruta. Por puro orgullo continué con el camino que me llevó hacia unos lagos (que no son famosos) llamados Baldeggersee y Hallwilersee. Las panorámicas en este lugar eran especiales. Fue al borde de uno de estos donde me detuve a almorzar y a preguntarme donde había una estación de tren para terminar con el suplicio; de verdad que ya estaba cansado! La ciudad escogida para abortar el paseo fue Lenzburg, a las orillas del Aar, el río de los crucigramas, en el cantón de Aargau. Por alguna razón, una vez llegado a esta ciudad, noté que apenas era medio día. Había cruzado las llanuras entre los Alpes y Jura bastante rápido, por eso, a pesar de mis dolencias, decidí continuar hacia Bad Säckingen en Alemania y de allí tomar el tren si me encontraba todavía en mal estado. Este pedazo fue un horror: tuve que subir un cerro del Jura y de verdad que me dio durísimo (la bicicleta no tenía – ni tiene – relaciones cortas). Fue desde arriba que pude ver a Bad Säckingen y en un abrir y cerrar de ojos me encontré en Rheinfelden, solo a 20 kilómetros de Basilea! Para acortar el camino, me metí por Alemania (15km en vez de 20km) y a las 3 de la tarde a la casa llegué. Muerto, pero llegué.

Bosque a la salida de Lucerna
El Baldeggersee
El Aare en alemán o Aar en el francés y crucigramas
Típicas fuentes suizas con agua potable
El cantón de Basel Land
Rheinfelden
Wyhlen, Alemania

Hospental – Lucerne

​Cómo en la entrada anterior les había contado que Hospental es un pueblo de 10 casas, se podrán imaginar que una vez uno se ha despertado, no le queda de otra que montarse en la bicicleta, porque otra cosa no encontrará para hacer. En fin, amarré la mochila y una vez bien abrigado (por la mañana en esos parajes hace bastante frío) tomé la ruta que de San Gottardo baja a Altdorf (Puebloviejo), justo a las orillas del Vierwaldstätersee, el lago de los cuatro cantones; el mismísimo de Lucerna.

La bajada fue fácil, nada especial, lo único digno de mencionar es, primero, que me pasé un puente famosísimo y ni me di cuenta y, segundo, la panorámica era muy bonita.

Bajada de Hospental

Ya, al borde del lago, los caminos subían y bajaban dependiendo de cuanto la montaña caía en el agua. Si el camino subía, las panorámicas incluían el lago y sus barquitos turísticos; si el camino bajaba, el recorrido se presentaba lleno de pueblitos con sus Hotel de ville, carísimos; para turistas con dinero (todos los que van a suiza).

Flüelen, el camino abajo

El camino adentro

En algún momento pasé por  el lado de Rigi, en esta ocasión el camino pasó por zonas rurales para después volver al lago y seguir así hasta Lucerna.

Vista desde flüelen

El vierwaldstätersee

El hostal de Lucerna resultó carísimo, incómodo, sucio,  sobretodo caro, pero, cómo la idea de este paseo no incluía el confort. Salí a la ciudad a tomarme unas cervezas y ese fue todo el turismo hecho durante el día.

Para resumir el viaje fue de 94 kilómetros, duró 4 horas y tuvo una elevación acumulada de 1500 metros.

 

Bellinzona – Hospental

​Ha pasado bastante tiempo desde que este blog, el del motoneto, ahora sin moto, publica algún viaje. La idea es desatrasarnos de muchos paseos para poder enfrentarnos al que viene: el camino de Santiago (a pie). Por eso, a modo de practica, publicare viajes desde el verano pasado y esta primavera, para poder acostumbrar las manos al mini teclado con que esto escribo para poder así, día a día, publicar las exitantes historias que le pueden suceder a una persona caminando todo el día por un camino desolado, todo, desde un celular.

Cómo ya ven, si el futuro es a pie, pues el pasado es en bicicleta. Asi pues, sin más ni más, Bellinzona – Hospental pasando por San Gottardo.

Bellinzona queda en el Ticino, el cantón suizo que habla italiano. Queda un poquito más arriba de Lugano y es el sitio donde empiezo el viaje por la siguiente razón: es más barato!

La bicicleta, una Raul Mesa de los años de upa, siendo upa algo así como 1990, ha llegado a estas tierras para hacer su primer viaje en tren, Basilea – Bellinzona. El único aditamento especíal que le compré fue una parrillita para amarrarle la mochila, y, el único cariñito que recibió fue un poco de grasa en la cadena; hasta ahi llegó mi proactividad mecánica.

La bici

Por cuestiones presupuestarias amanecí en un Youth Hostel que a su vez era un colegio, dejándo como único recuerdo, yo, caminando en toalla después de bañarme, por un corredor lleno de niños en recreo.

Una vez afuera y la mochila amarrada en la bicileta, crucé la ciudad tan italaliana como las italianas y por un vallecito comencé a subir. El camino no fue por la carretera principal, no , no, no; acá las bicicletas tienen su carril específico que ha veces coincide con la carretera (el ciclista tiene la prioridad)  pero muchas veces las ciclovías van por otro lado: entre bosques o al lado de rios cuando son bonitas, o, por detás de las industrias o carrileras cuando son feas. Digamos que la subida hacia el paso de San Gotardo clasifica entre las bonitas.

Los primeros treinta kilómetros fueron relativamente planos, solo ascendí 300 metros. Una vez pasé un pueblo llamado Giornico, el valle del Ticino subió unos 1000 metros hasta Airolo, unos 32 kilómetros más lejano.  Airolo es la famosa entrada del túnel de San Gottardo (el que pasa los Alpes por debajo – raro un túnel que lo haga por arriba!), en fin, en este pueblo, me comí de almuerzo un paquetico de galletas y pasado el suculento manjar, tomé este pueblo como el punto donde comienzaba la diversión: la subida al paso de San Gottardo!

Airolo – San Gottardo

Son unos 12 km donde se suben otros 1000 metros pero con dificultad añadida: pavée! El problema es que uno ya está cansado; lleva 62km y unos 1300 metros encima, pero como la vista era lindísima y el pico aún tenía nieve y el estómago tenía unas galleticas, pues venga, para arriba nos fuimos.

El camino viejo

Una vez arriba, al lado de un lago, vecino a un hotel, el único, me comí un curri wurst y listo! Arriba hacía un frio tremendo, me tocó ponerme guantes, bufanda y la chaqueta para la lluvia. La señora que me vendió la salchicha ya habla con su marido en alemán, no siendo más, paleteado por el frío, me monté en la biclicleta y por una bajada lo más de sabroza, me fui hasta llegar a Hospental, un pueblo de 10 casas donde me quedé a dormir.

Helado
Hospental

El resumen del camino fue de 86km, 2500m de ascenso en unas 5:30 hoas (7 contando paradas). Vale la pena notar que el mítico paso de San Gottardo es menos duro que el paramo de letras! Eso sí, tiene pavée.

Rigi

Rigi, con nombre italiano pero que queda en el corazón de la suiza alemana, es un cerro con una vista privilegiada. Está ubicado, creo, en el cantón de Uri, el mismísimo de los crucigramas, aunque, esto es importante anotar, Suiza es tan pequeña y estos cantones, los originarios de la confederación suiza – los que rondan el Vierwaldstätersee – son tan, pero tan pequeños y se encuentran tan entrelazados qué, para no alargar mucho la cosa, es muy posible que Rigi no se encuentre en Uri, sino de pronto en Luzern o, Schwyz. (Ya lo revisé en google, la mitad de Rigi queda en Schwyz, la otra mitad queda en Luzern… Uri queda super lejos para los estándares locales – 40 kilómetros – ya entenderán mi confusión).

Para subir a Rigi primero hay que llegar a su pie de monte, obvio, lo que no es obvio es que se puede llegar por tren o por barco. Si es por barco, es porque se viene desde Lucerna en uno de esos super turísticos botes que van por el Vierwaldstätersee. Si es por tren, es porque se viene desde cualquier otro lugar de la Helvecia. (En ambas opciones se debe tomar después un funicular que se trepará por la montaña a paso lento pero seguro; siguiendo su rígido itinerario qué, haciendo honor a la tierra donde se encuentra, 1 minuto de retraso será recibido por los pasajeros con volteadas de ojo y quejidos pero, como normalmente los retrasos se cuentan en segundos, los pasajeros, calladitos se sentarán, normalmente vestidos y preparados para una caminata montañesa ) En fin, en tren he llegado y en Arth-Goldau me he bajado. Arth es un pueblo en el borde del lago Zugersee, Goldau está entre el Zugersee y el Lauerzersee y es quien posee la estación del tren con ambos nombres.

Así pues, desde Goldau, la primera vez, en invierno, en el funicular me he montado y así, despacito, con nadadito de perro, arriba he llegado para ver… ¡nada!

Nada, pero muy bonita la nada, como todo por aquí. En esa ocasión, das Nebelmeer llegó para quedarse e inundar la suiza con su neblina y dejar los picos alpinos como islas prominentes salidas desde el mismísimo fondo del mar – Nebelmeer quiere decir mar de neblina – . Al fondo los picos de los alpes, en la mitad, las montañas de Schwyz y pedazos del mismísimo Rigi. El punto de donde las fotos han sido tomadas no es más que un restaurante lleno de chinos con su respectiva estación de tren y varios miradores.

das Nebelmeer

das Nebelmeer, el mar de neblina

El funicular, la estación de Rigi Kulm

El mar de neblina

Los alpes

Direcciones abstractas

Pedazo visible de Rigi First

El tren para los turistas chinos

El bosque nevado

En Rio de Janeiro está la foto tropical

Nadando dentro del mar de neblina

 

La segunda vez, ahora en primavera, otra vez en Goldau, me he tomado el esfuerzo de trepármela a pie. Goldau queda a unos 500 metros de altura. Rigi Kulm, la cumbre con mejor vista, – y más alta – está a unos 1600. Es un poquito menos que salir desde el río Medellín hasta la vereda El Plan, arriba de Santa Elena en línea recta. Se ascienden unos 1300 metros pasando por lindas praderas, fincas con vacas de museo, bosques, y raros parches de nieve qué, aunque el calor que hace es bastante, vaya uno a saber por qué se aferran con tanta obstinación a la montaña y a la idea de un invierno ya, de hecho, ha acabado.

El camino, comienza siendo un sendero asfaltado. Apenas se adentra en el bosque, el asfalto desaparece y se transforma en un caminito de tierra que pasará por muchas etapas entre carreteable, caminable y en ciertas ocasiones, inexistente. Eso no presenta ningún problema; en caso de duda, voy para arriba y listo! – además, los senderos, así no estén presentes a simple vista, tienen señalización: cada vez que se llega a un cruce este tiene pintado en algún árbol un rombo amarillo, la señal a seguir –.

La topografía caminada

Los que se subió

La subida de estos 1300 metros de ascenso y 11 kilómetros de recorrido toma un poco menos de 2 horas, si se está en modo atletico, como lo estuve yo, y ya estando uno arriba, rodeado de motas de nieve, nota uno lo sudado que se encuentra; sudado de pies a cabeza para ser recibido por un viento helado que lo atraviesa a uno de lado a lado. El mirador en esta ocasión ya no tiene el Nebelmeer, sino, en cambio, presenta una panorámica de media Suiza. Las montañas de atrás siguen siendo las mismas, los Alpes, al frente se puede ver el Rigi en toda su extención, y además todo lo que anteriormente había tapado la niebla: Arth, Goldau, el Zugersee, el Lauerzersee, el Vierwalstätersee – el mismo de Lucerna –, al fondo, como gran sorpresa para mi se lograban ver tres lagos; en un mini valle se encontraban los Hallwilersee y Baldeggersee, en otro se alcanzaba a ver Sempachersee. Estos nombres no dirán nada al lector, son simples lagos, pero ya verán en próximas entradas cuando describa la vuelta en bicicleta entre Bellinzona y Basilea, cuando pasé por estos lagos creyendo que estaban lejísimos; sin embargo, ya aquí, montado en el Rigi Kulm se puede uno dar cuenta lo chirriquitica que es la Suiza y como todo queda super cerquita aunque aparente estar más lejos… (los trenes o las rutas en bicicletas deben rodear todas las montañas que tiene el país para ir de un lado a otro, así que cree uno que todo queda más lejos).

En fin, la bajada del Rigi es en Funicular con un poco de pena con los vecinos por los olores que el cuerpo propio pueda emanar.

Fincas en Arth

Las perfectas vacas

El caminito dentro del bosque

Vista del Lauerzersee

El mismo lago, una finca y los alpes detrás

Nieve que se niega a aceptar su destino

Banquita para descansar y un camino mejorado

El Vierwaldstätersee, el Zugersee y un pueblito llamado Küssnacht, el besito de noche

Los alpes desde Rigi Kulm

Parte del Vierwaldstätersee

Rigi Klösterli y los alpes detrás

El cráter de Ngorongoro

Cómo en las últimas entradas no conté nada útil para un lector, en este, a modo de resumen pictográfico, explicare en que consiste un safari.

De entrada empezamos con el dato curioso: safari en swahili significa viaje. Nada más. Así pues, para hacer un viaje en África, lo primero que se necesita es un Land Rover – o una Toyota si vamos al caso –, esto porque los viajes deben hacerse por tierra, las vías son malas y lo más importante: ¡cómo difícil ver a un león o a un pequeño jabalí desde una avioneta!

En fin, el turista se mete en el Land Rover , y está todo el día en una trocha mirando animales en alguna reserva natural. El paseo en sí, no es idílico como la entonación de su nombre a veces emula; es más bien monótono, incómodo y cansador.

Land Rover marca Toyota donde se pasa el día entero

Cada parque tiene su animal famoso, un león muy grande, como el que mató el gringo en Zimbabue, un último espécimen de su especie (un oso polar lampiño o que sé yo) ó, como en el caso del Ngorongoro, el parque que nos compete, el animal más importante era el rinoceronte negro.

Quedan más bien poquitos, tan pocos que todos están registrados; cada uno posee su rastreador satelital, y, todos los existentes en el planeta tierra caben tabulados en un archivo de excel con máximo 500 celdas.

No lo predijo Darwin, ni fue un propósito explícito de la pacha mama pero, al parecer, el único motivo por el cual este animal pudo transmitir su código genético de generación en generación, fue la posibilidad de qué, cuando existiesen humanos, a estos se les parase la verga con su divina sangre. Aclaro que la sangre de los humanos si es la que iza las vergas cuando por sus vasos transita, pero solo lo hace después de la ingesta de la del rinoceronte negro. Mejor dicho, el pobre animal fue catalogado como afrodisiacos y ese fue el acabose en su carrera evolutiva. No fueron los gringos ni los ingleses deseando una cabeza suya para decorar nobles salones, no señores, fueron los africanos cachondos los que acabaron con ellos, (y los árabes, a los que les gustaban las empuñaduras de sus dagas hechas con el cuerno del rinoceronte).

El rinoceronte negro

Volvemos entonces al Ngorongoro y su rinoceronte negro. Pues bien, cómo cada parque tiene su animal famoso y el del Ngorongoro es el rinoceronte y, de estos hay más bien pocos, el primer objetivo del guía experto y al mismo tiempo conductor del Land Rover, es encontrar a este animal (así los turistas solo quieran ver a los leones, o en el caso mío, las hienas). Entonces, en el primer mirador, donde se ve el cráter en toda su extensión, el guía muy contento nos señala un punto (un punto negro en nuestros ojos, un pixel en la cámara) y afirma orgulloso: – Ese es un rinoceronte negro; es bien posible que sea el único que vean en su vida.

¡Ahí está!

Es el pixel más negro

Pasada la emoción de ver una diminuta mancha negra en el horizonte y asumir que ese punto es uno entre… <–– esperen yo googleo ––> …40 animales que quedan en la reserva, incluyendo al Serengueti, ¡la sabana de todos los documentales! Nos montamos en el carro bajamos al cráter, vemos los leones, a Pumba y su familia, cebras, elefantes, mis hienas, hipopotamos, gacelas, en fin, un poco de todo. (ver fotos al final del post)

De pronto… nuestro Land Rover sale a mil por la trocha. Es de notar que todos los guías se conocen y continuamente se comunican por radio contándose donde están los animales que ellos saben los turistas quieren ver más (leones; o algún león comiéndose una cebra; o algún león comiéndose a su novia; o león hacien… en fin, leones ). Los guías son de Tanzania, y lo único que quieren de los turistas es una jugosa propina en dólares. La forma más fácil de obtenerla es que su turista llene la memoria de su cámara con fotos de los leones y cualquier otro animal que esté en el parque. En fin, por radio le informar que hay un rinoceronte, nuestro Land Rover (como lo ven en las fotos es un Toyota pero yo sigo diciendo Land Rover… vaya uno a saber por qué) sale disparado por el Ngorongoro.

Carrera contrareloj

En el horizonte se ve la polvareda que levantan mucho más Land Rovers dirigiéndose al mismo punto. Los guardianes del parque bloquean la carretera y pum! Cómo por arte de magia, cien carros se compactan entre si, con turistas cada cual con una cámara más grande que la otra, todos dirigiendo su mirada a un punto negro en el horizonte. Al lado hay unas hienas y unas cebras que son golpeadas con el látigo… ¡cual látigo! ¡los látigos de la indiferencia! ¡porque son muchas las personas que ignoran a estos animales pavoneándose al frente de los lentes, los cuales no obturan en ellos su diafragma ni una sola vez! Todo está dirigido a este punto negro, que según dicen viene hacia acá.

Embotellamiento safarístico

Selfie a la espera del punto negro

El punto negro

El punto se acerca lentísimo. Aparece en el horizonte un rinoceronte reconocible. ¡Hasta tiene cuerno! Eso se ve una vez tomada la foto y revisarla con muy buen zoom. El animal cruza la carretera con su lento paso y se pierde en el horizonte. Durante este transe, él, ignorante, ha decidido el futuro de muchas almas: entre estos cien carros, con promedio de 4 personas en cada uno, es decir, 400 personas están destinadas a perder, por lo menos unas seis horas de sus vidas, clasificando unos diez gigabytes de fotografías con un punto negro, y deberán decidir cual de todos ellos es el que se parece más a un rinoceronte.

Listos para el punto negro

Rinonegro con el máximo zoom

Se va la estrella del día

Últimas fotos

Perdido el rinoceronte en el horizonte, e informados todos de que tan lucky we were de haber visto tan raro animal; esto apoyado de estadísticas y confesiones sobre lo alegre que está porque lo pudimos ver (nos está carameleando para su propina). Perdido el animal, perdido el interés… se hace el resto del safari pensando en el hotel y la cerveza… ya los leones pueden copular en trio si así lo desean, serán ignorados; los turistas están cansados, las cámaras están que vomitan sus memorias de la llenura, los culos duelen, el calor pasa la factura y el guía ya garantizó su propina. – Les parece si nos vamos –, pregunta tímido. – ¡Claro! –, responden todos al unísono.

Fotos de otros animales…

Tenebrosos Maasais 

El pueblo Maasai del cual ningún turista sale sin vaciar su billetera

Ñú y cebra

Hiena

Cebras bloqueacaminos

Ñús ignorando al fotografo

Pixel anaranjado… león

Lago Manyara

Lo llaman Vervet, es un mico, mono para otros españoles más internacionales que el regional paisa. Vervet, pasa su día buscando a su Verveta; al igual que todos los demás animales, no tiene nada más para hacer una vez su estómago se encuentra saciado. La sabana donde habita es grande, aunque encontrar Vervetas no es un problema para él; su verdadero inconveniente es hacer que alguna de esas Vervetas se digne a mirarlo, se acerque, haga con él alguna de estas danzas formales, ceremonias previas a la cópula que, pasadas con buena nota, lo lleven a aparearse, transmitir sus genes a la próxima generación, aumentar la demografía de la especie y… no vamos a continuar, lo único que le preocupa a Vervet es copular con desenfreno y, cómo no tiene fémina en su poder, su primer objetivo es encontrarla.

Cómo se imaginarán Vervets hay muchos, Vervetas también, así que la competencia es ardua. La única forma que tiene Vervet para conseguir compañera de cópula es mostrar su mercancía, bueno, eso lo hacen todos los animales; vienen al mundo en pelota y así se quedan. Así pues, si Vervet quiere mostrale a la Vervetas que es lo que está en venta, debe esforzarse para mejorar la presentación de su activo más preciado.

No conocemos que Vervet debe hacer para mejorar su producto, adivinando, así, a la loca, diré que requiere saltar de una rama y abrir las dos patas cuando la gravedad produzca su efecto, admirar el efecto y ofrecerlo al mundo tal cual.

Tse Tse, no es el tátara tátara vástago de Mao Tse Tung, no señores, aquí tratamos sobre Tse Tse, el originario de Mto Wa Mbu. De una vez dejo constancia que no hablamos de chinos. No, no, no. Nuestros personajes son todos de África, dónde nos encontramos – excepto Mao, ese si es chino –. En fin, Mto Wa Mbu se traduce al inglés, Mosquito Town, en español diremos que no es nada mas ni nada menos que un Mosquero, literal y metafóricamente hablando. En fin, de Tse Tse, por vivir en Mosquero, podemos inferir que es una mosca, y sí, sí que lo es, es la famosísima mosca tse tse, la del sueño! Si te pican más de 2000 veces, te da sueño y ¡cataplúm!, privado en el lecho del lago caerás. Digo lago porque al pie de Mosquero está el lago Manyara, el mismo del título de esta entrada. En este lago, aparte de moscos y animales, también vivien los Maasai con sus animales, no salvajes como los del lago, sino domésticos, cómo los conocemos. Bueno, la forma con que los Maasai protejen a su ganado de la infinidad de moscos es poniendo trapos azules impregnados con veneno bajo los árboles donde las vacas pararían a refrescarse del incandescente e incansable sol africano. Al parecer a Tse Tse le gusta el color azul.

Los trapos de los Maasai

Cadaver de una mosca Tse Tse

¿Azul? ¿Dije azul? ¿Qué me recuerda? ¡Ah! ¡Las joyas de la corona! Venga, preguntémonos: ¿es Tse Tse útil para Vervet? ¿Es Vervet útil para Tse Tse?

A la segunda pregunta podemos afirmar que sí. Claro. Mientras las mantas azules de los Maasai están súper impregnadas de veneno, las tiernas joyas de Vervet tienen nutritiva sangre. Es decir alimentan, no matan y de remate desvían de la muerte a Tse Tse.

Ahora bien, abordando la primera pregunta: ¿es Tse Tse útil para Vervet? Sin mucho conocimiento de causa me atreveré a decir que sí. Asumo que el proceso debe ser de lo más molesto; a nadie le gusta que le piquen los moscos las joyas, pero, digamos, éstas deben estar anestesiadas por el dolor: si no recuerdan el autor de este blog decidió que semejante coloración bolarea solo podía conseguirse confrontando la gravedad patiabierto con una rama como objetivo final. Así pues, tanto dolor adquirido para pigmentar joyas, es posible que ponga en una segundo lugar la rasquiña obtenida por las picaduras de Tse Tse. El efecto positivo, es que con varias picaduras, la mercancía de Vervet, tendrá solo la opción de hincharse, cosa que para nosotros sería trágico, pero cuando hablamos que esta es la forma de atraer féminas, pues bien. Vervet boligrande y boliazul podrá ganarle a la competencia y atraer para sí alguna Verveta bien cachonda. La pregunta que dejamos en el aire para terminar esta entrada es: ¿Un Vervet reventado por el dolor, con escozor por las moscas, más posiblemente infectado de la enfermedad del sueño, podrá disfrutar de una cópula desenfrenada que tan arduamente buscó?

Elefante

Micos

Gacelas

Arbol con nidos

Bufalos

Zebras

Jirafas

Micos muertos del aburrimiento

Karatu

El aeropuerto de Karatu

Karatu es un pueblito polvoroso que queda justo entre el lago Manyara y el cráter del Ngorongoro, la entrada a la famosísima sabana del serengueti: la de todos los documentales que no ha sido filmados en el delta del Okabango. Visto en el mapa, Karatu ofrece la mejor ubicación del mundo; el problema es llegar, aunque en esta entrada evitaremos hablar de eso. Solo agregaré a esta introducción pueblerina qué, Arashu, al este, una ciudad caótica y poco recomendada, lejos de las atracciones que veníamos a ver, resultó ser la que tenía toda la infraestructura y facilidades para hacer los tours. Muy tarde venimos a saber esto; ya estábamos en Karatu y no había posibilidad de reversa.

Calle principal

Correo

Calles del pueblo

Sin siquiera poder encontrar como ir a ver las hienas, leones y demás animales a un precio medianamente pagable, nos buscamos como entretenernos en este pueblo. Encontramos un tour en bicicleta de montaña que pasaba por las colinas aledañas. La primera impresión fue de duda, las segunda, asombro, la tercera se podrá describir como un, “no jodás!” y la cuarta, prisa.

Nuestro primer contacto del tour fue con nuestro guía experto que… tenía el casco al revés!

¿Será que si llegaremos a algún Pereira con este maestro? Pues no, llegamos a un cafetal donde nos mostraron el modo más rústico posible de selección, despulpe y tostado. Informado el guía que con café no iba a impresionar a nadie, la familia de la casa nos sacó un café que nos vimos obligados a comprar (ya lo probamos y es malísimo).

Tostadora

Despulpadora

El siguiente paso fue 50 metros más lejos en un taller de escultura en ébano. De ahí salimos con una esculturita y un poco asombrados si nuestro paseo deportivo iba a ser más bien un zigzag donde todo el mundo nos iba a ofrecer cosas o ponernos en situaciones donde no nos podríamos salir sin dejar nuestro dinero ahí.

Yo tallando ébano

Pues bien, salimos de ahí y llegamos a una escuela un kilómetro más lejos. Sin mucho preámbulo nos metieron a un salón de clase lleno de niños y sin más nos empezaron a contar sus sueños y a preguntarnos cosas sobre nuestros países. Vale la pena acotar que el motoneto aborrece todo humanoide que posea en su haber menos de 15 abriles. Confieso esto para ambientarles mi buen humor y confort con la situación.

En fin, el proceso aconteció sin contratiempos, tal como lo tenían planeado y, cuando ya me estaba emocionando porque se había acabado, nos esperaron afuera para una sesión de canto y baile. Cinco minutos después heme ahí, en medio de niños forzado a bailar con ellos.

Cuando por fin terminaron y pensamos: – ¡somos libres! –, nos invitaron a una oficina donde después de explicarnos el funcionamiento de la escuela – del cual no estábamos interesados –, palabras más palabras menos, nos pidieron plata.

Logramos salir de la situación sin dar un centavo. El guía experto, ahora con el casco al derecho, fue comunicado de nuestro deseo de acabar con el paseo ciclístico una vez nos narró cual era la siguiente parada (un mercado local – ahí fijo nos desplumaban). El camino a Karatu nos llevó a una ¿ladrillera? como última parada turística.

Ya en nuestra posada pude comprobar que nuestro paseo de 20 kilómetros, bien medidos por Strava no pasaban de 6 y, allí mismo pude comprobar que no solo era un paseo deportivo, sino también cultural. Húyanle al paseo cultural en Tanzania: consiste en ser puesto en situaciones incómodas para poder vaciar la billetera. Cómo podrán darse cuenta, el paseo no gustó. Todas las esperanzas quedaron puestas en los leoncitos, cebras y hienas que para el momento no estaban para nada seguras.

Pwani Mchangani

Siete días después del último post nos ponen en Pwani Mchangani. En realidad los días pasados entre Stone City y Pwani son: cero. Por la mañana estábamos en Stone City, al medio día en Pwani. Bueno, estamos enredando la historia que ni siquiera ha comenzado; lo importante aquí es que ya nos encontramos en una playa del este de la isla Zanzibar – o Sansibar, cómo les guste más –, frente al océano índico. El mar es color turquesa (digo turquesa para sonar pomposo, la verdad es que yo lo veo azul claro y muy transparente pero en con la intención de decorar la prosa, colorear el discurso, saturar el párrafo con palabras que yo nunca usaría… ya no tengo idea de que hablo, ignórenme). En fin, el mar es azulito, transparente. La playa tiene arena blanca, muy fina. De esa que se mete en cualquier orificio y una semana después, pasadas entre siete y catorce duchas, sigue ahí, tan campante, recordándole al propietario de esos orificios las vacaciones pasadas! También sirve como souvenir la piel descascarándose o el dolor de ésta, roja como un camarón, antes de que lo haga. Volviendo a la descripción: el mar es azul; la playa blanca; el viento mucho, limpio – es lo que dicen los fanáticos del kite surfing, es de hecho un paraíso para esto –; Pwani, el pueblo, es pobrísimo; Pwani, la playa, tiene resorts llenos de extranjeros; y por último, para terminar la exposición, nosotros, quienes aquí nos encontramos, valga la redundancia, nos encontramos con muy poco dinero en nuestros bolsillos – y en nuestras cuentas bancarias –. Todo lo anterior viene al caso porque tanta belleza tiene un problema. Dos, para se más exacto. Primero, los pwaningueños. Segundo, los Maasai.

Ambos, más poderosos que Harry Potter y sus cómplices de aburridas aventuras, tienen el poder de convertir inocentes turistas en cometas. No como las del kite surf, más bien pienso en Halley, el cometa Halley. Así, en metáfora astronómica , un turista cualquiera, llamémosle Mr Meteor, se prepara con sus chanclitas y cámara para salir a la playa. La toca y Pum! Los Maasai , con sus súper poderes lo convierten en cometa!

Al parecer la palabras mágicas son, Jambo! *, gritado a pleno pulmón con sonrisa en la cara a modo de varita mágica, seguido de unos How are you? Where do you come from? Esta vez recitados con la misma sonrisa, pero con mano estirada saludadora incluida. Recitado el conjuro Mr Meteoro no lo es más. Convertido en cometa, tendrá que hacer todo su recorrido playístico con una cola de uno; o dos si es muy desafortunado. Este conjuro es permanente si ex Mr Meteor, ahora Mr Comet, no sabe decir no; la contra-palabra mágica que combate este sortilegio. Si acaso logra acabar el exorcismo al cual se ha visto expuesto con una corta conversación finalizada con varios “no”, su estatus pasará de nuevo a Mr Meteor durante unos cuarenta segundos, hasta que un nuevo miembro del clan mágico de los Maasai o algún Pwaningueño vuelva a ejercer sus poderes mágicos con un nuevo Jambo! Sonrisa. Mano. Vuelva y juegue. Mr Comet tiene de nuevo cola. Esta cola no se separará hasta que la contra mágica, “no”, sea pronunciada unas cuarenta veces. Durante su recorrido como cometa, nuestro turista se verá sometido a mil preguntas. Pasadas ellas, el verdadero motivo de la cola se verá expuesto: vender alguna conchita, invitación a visitar su tienda, ofrecerse de guía o por último pedir así, sin más ni más, dólares ­– solo les sirve de 10 para arriba –.

Ante los “no” – digo “no” porque Mr Meteor anteriormente ha sido abordado por unos cincuenta exorcistas y ya no come cuento – Maasai o Pwaningueño redoblaran sus ofertas, pedidos y consejos. Los “no” pasarán de unos educados “no”, a unos “please no”, a unos “please, just stop! No means no!” y finalizarán con “NO!!!” gritado a todo pulmón y en mayúsculas. Ahí el exorcismo finalizará, la cola desaparecerá, eso sí, dejando una estela de insultos en swahili, pues esto no se sabe, pero en la playa hay muy evidente racismo a la inversa. Mr Meteor será insultado tantas veces como abordado, exceptuando las ocasiones en que algunos dólares salgan de su bolsillo para otro. Finalizado un exorcismo, inmediatamente un nuevo Maasai o pwaningueño volverá a convertir a turista en cometa y el proceso continuará hasta que Mr Comet se refugie en la seguridad de su hotel y se prometa a si mismo jamás volver a la playa. (Al otro día lo hará porque es muy bonita y normalmente en la playas no hay mucho para hacer así que no queda de otra que pegarse su chapuzoncito en el mar ­– caliente como una sopa –, o hacer alguna caminadita).

Así, Mr Meteor, el siguiente día, cuando quiera salir de su hotel, verá con nuevos ojos la playa. Frente a sí tendrá desparramados de forma “casual” cada 50 metros una pareja de Maasai mirando de frente al hotel o algún pwaningueño haciendo lo propio. Estas miradas intimidan, aterrorizan a Mr Meteor porque el sabe que esas miradas son par él. Son ojos que dicen: te estamos viendo. De acá no nos vamos a mover. ¡Te esperaremos hasta el fin de los días!

Ante estas miradas Mr Meteor solo irá al mar cuando ya no soporte el calor, y lo hará tan rápido como pueda y cuando oiga un “jambo!” bajará su mirada y hará como si eso no tuviera nada que ver con él, aún cuando el jambo provenga de una persona situada a cincuenta centímetro de él y tenga la mano saludadora estirada y una gran sonrisa en boca!

* Jambo: en swahili => hola. Término solo utilizado con turistas extranjeros. Entre locales se usa Mambo.

Terroríficos Pwaningueños

Maasai en acción: jambo!

Playa de Pwani Mchangani con marea alta

Playa de Pwani Mchangani con marea baja

El Indico desde Mnemba

Pwani desde la barrera de corales

La zona del terror: las tiendas de los Maasai

Otra terrorífica visión, erisos por montones

Eriso morado

Cultivo de algas durante la marea baja

La galaxia marina estrellas

Arrecife al sol

Dato curioso: SpongeBob, el verdadero

Kite surfing

Playa en marea baja

Barco encayado

Panorama

Stone Town

Me encontraba en la ciudad de piedra, Stone Town, la capital de Zanzibar, la isla que en algún momento fue una ciudad-estado mercante y que ahora era el sitio donde me iba a motilar. Esto es importante porque en Suiza, un simple corte de pelo cuesta tanto que, si acaso llegase a tener el dinero para pagarlo, igual mi dignidad me impediría hacerlo. De ningún modo, nunca, jamás de los jamases pagaría esa suma. Un corte de pelo no puede llegar a costar tanto, más cuando la mitad de África se muere de hambre (y si no se murieran tampoco sería ético cobrar semejante suma), en fin, con mi orgullo y ética impidiéndome motilarme en el país que vivo y con un pelero insoportable sobre mi cabeza, estaba pues en la ciudad de piedra pensando que de pronto esta era la ocasión perfecta para pagar lo justo por un par de tijeretazos en la cabeza.

Las primeras andanzas no fueron para nada promisorias. Paseando por aquí, por allá, viendo el puerto con el océano índico azul turquesa y súper cristalino, paseando por las callejuelas cercadas por casonas de estilo árabe, portones súper decorados y vendedores tipo árabe enloquecedores; las estrechas callejuelas son un bazar y los Zanzibareños, una mezcla de árabe, indio y maasai, muy comerciantes con técnicas de mercadeo cercanas al acoso.

En fin, un día, para ser exactos el segundo, encontré lo que estaba buscando, una peluquería. Una vez negociado el precio, la pregunta que el hombre me hace en swahili, después traducida al inglés es:

­– ¿Con cual lo motilo, con la 4 o con la 5?

– ¿4 o 5? –, me quedo un rato pensando. “¡Ah! ¡Este man cree que me a va motilar con una máquina!” – ¡No amigazo, la idea es que lo hagás con tijeras, como lo hace cualquier peluquero!

El compañero le traduce. Nuestro hombre se queda paralizado como piedra, con ojos blanqueados por el pánico, pero, empujado por una irresponsabilidad digna de admirar, temiendo acaso perder su negocio, dijo sin siquiera ponerse rojo: – ¡Claro, no hay problema! Venga siéntese acá y empezamos.

No crean que soy bobo, era evidente que el hombre no había utilizado unas tijeras en su vida, pero, ante la perspectiva de continuar con esa mata de pelo sobre mi cabeza en ese calor tan insoportable, y verme obligado a pagar este proceso dos semanas después en francos suizos, decidí sentarme y hacer cara de… No me la vi. Estaba muy entretenido viendo por el espejo como se iba a desarrollar la ejecución del proceso al que me iba a someter. En fin, con una torpeza sin igual el peluquero me hecho dos plufs de agua con su atomizador. (Cuando puso su frasquito con agua en el mostrador, la poca agua, que por mayoría en mi cara había puesto, se evaporó) Agarró un par de tijeras y… se puso a temblar. ¡Temblar es temblar! ¡Con ganas! Me miraba la cabeza. Miraba sus manos. Las acercaba. Las volvía a alejar. Hizo esto varias veces hasta que se acordó como lo había visto antes (vaya uno a saber donde) y me agarró con la otra mano un mechón de pelo y que quedó dudando si poner la tijera arriba de los dedos o abajo. Indeciso, cortó una puntica de unos 5 milímetros. Me miró: – ¿Así?

Con señas le respondí que tomara confianza. Lo peor que podía pasar era tener que hacer uso de la cinco. O la cuatro. Me volvió a mirar con pánico, comenzó a temblar aún más y de a 5 milímetros en 5 milímetros se tomó la confianza suficiente para trasquilarme sin método. Un poquito por allá. Otro por el lado. Un plufcito de agua que se evaporó no más al salir de la botellita. Otro cortecito por allí. Otro por allá. Un lado mas largo que el otro. Media capul tapaba un ojo. La otra mitad ya no existía. Una patilla sin tocar, la otra a medio camino. Todo pelo que pasaba por la tijera, el viento se lo llevaba directo a Franziska, quién desesperada hacía hasta lo imposible para quitárselos de encima (incluyendo cambiándose de lugar) con muy poco éxito. El hombre cortaba atrás. Le hacía yo señas que volviera adelante. Cortaba un poco y volvía atrás. Le volvía a hacer señas que volviera adelante. Lo hacía un poco y volvía a atrás. Hasta que al final llegó a un punto donde el resultado era del largo deseado, aunque sin simetría, ni estilo, y le hice la seña que el hombre tanto esperaba: – Pará ahí que ya me cansé.

El hombre se detuvo. Franziska se quitaba pelos de encima. Yo me miraba y veía la mitad de mi ex-pelo pegado a mi y a mi sudor. Al lado había un sifón y allí metí mi cabeza. El resultado fue peor. Salí por las calles de Stone Town correando agua, sudado, con los pelos pegados a mi piel, con menos plata en mi billetera, pero… con una sonrisa de oreja a oreja! Por fin, !no más pelo!

El resultado de la operación no es tan malo como el proceso de realización

Puertas de Stone Town

Calle principal del centro histórico

Ventanitas

Balcones

Una plaza que llevaba al mar

Old Fort

Callejuelas-Bazar

Callejuelas

Mall

Alumbrado Público

Calles del centro histórico

Una iglesia, atrás un mezquita

Calles

Banderines

Vía principal

Cebra inexistente y muy irrespetada

Otra calle